SOY
Luis Alberto Crespo
Soy zaino cerrado
Cuando me ensimismo
Y me inclino ante lo que me destruye
La raya blanca del alazán
En la cara
Cuando me anuncian infortunio
Soy cebruno con un zarpazo en el costado
Cuando padezco de mí
En lo más mío de las doce
Soy ruciomoro viejo en el rictus
Cuando mueres y la hierba sabe a más nunca
Soy castaño lucero
Cuando oigo un grito en lo que digo
Y el absoluto es una soga en la garganta
Soy bayo cuando tiemblo si la tierra me toca
Y soy ruano
Ruano pálido
Asombrado por su espíritu que es la tórtola
“Sabanero” fue el nombre que finalmente pudo encontrarle su dueño al pequeño y vainero rucio azulejo traído de los llanos quebrados y ondulantes de Monagas hasta Fila de Mariches. Tenía buenos aplomos y desde la cruz hasta donde se afirmaba sobre la tierra humosa en la que ahora pastaba no excedía del metro cuarenta y cinco de alzada. Debió sacudirse duro en el amanse."
“Es a mi juicio el prototipo del caballo criollo”, me dice entusiasta mientras se arrellana en su butaca, Don José Giacopini Zárraga.”
Así encabeza Luis Alberto Crespo, su relato denominado José Giacopini Zárraga y el Animal del Alba, publicado en Llano de Hombres. El poeta Crespo, ha sido un enamorado del caballo criollo, al que ensalza en muchos relatos, poemas y conferencias, pues se ha propuesto difundir a todos los vientos, la nobleza y fortaleza de este animal, demostrada de mil maneras en la historia, en el coleo y en el día a día del llanero venezolano. Tuve la oportunidad de asistir a una conferencia del poeta en el Celarg, Caracas, donde con una pasión conmovedora abordó el tema sobre el caballo criollo y nos paseó por la historia del mismo desde la mitología. Por ello hemos elegido fragmentos de este relato donde el poeta se remonta a los ancestros de nuestro caballo criollo:
De alguna manera su biografía comenzaba en las arenas del Norte de África, en esas comarcas que los romanos bautizaron Libia, habitadas por gente barbari, beraber, berber o berebere y cuyo menospreciado calificativo habían heredado sus ancestros, cuando sobre sus lomos generaciones de guerreros devoraban las soledades de la arena y entraban a saco lo que vivía bajo su barajuste, trocando aquel afrentoso nombre de berebere por el de hidalguía equina.
“Vinieron primero por Oriente. Los trajeron Gonzalo de Ocampo y Jácome Castejón, Antonio Cedeño y Diego de Ordaz. Luego, por Occidente, Juan de Ampíes y los welsares en gran cantidad” Nos dice don José Giacopini Zárraga. Que eran rústicos, el perfil de carnero, la grupa derribada, todo reciedumbre, el plantaje y la lámina del berebere y del númida, la otra estirpe del Norte de África que nombrara Virgilio en la Eneida (“los númidas y sus corceles negros te rodean”)”
Tuvieron que transcurrir los primeros veinticinco años del siglo XVI para que el hijo del caballo berebere y númida venciera las ingratitudes de los climas tropicales, el acoso de las plagas y la pobreza de los pastos. Abandonaron sus islas natales de Santo Domingo, Puerto Rico, Jamaica y se dieron a galopar por las sabanas y charcos de Tierra Firme, expuestos al vendaval, a la sed, al hambre, a las fieras. Perdieron el donaire de los ancestros pero ganaron en resistencia y orgullo.
Un señor que amaba con amor desmedido al caballo berebere, Monsieur Mercier, viajó a Argelia en 1847 en busca de los más puros descendientes de la raza de los corceles que en una muy incierta leyenda asevera fueron traídos por los Egeos a Libia y que luego Aníbal y su hermano Asdrúbal, llevaron a España en los tiempos de las guerras púnicas. Mercier distinguía en ellos la capa gris, la testera ligeramente convexa o acarnerada, el cuello de cisne – que algunos apurados confunden con el del árabe - la cruz elevada, las largas articulaciones, la grupa redonda, el pecho robusto. Y la impaciencia. En cambio, en el númida destacaba la oreja grande, el lomo de mula, la grupa flaca, las cañas descarnadas, la cuartilla larga del caballo veloz. Y la altivez.
No me dice don José Giacopini Zárraga cómo es la conformación de “Sabanero”, pero oyéndolo biografiar al caballo criollo de nuestros llanos de Oriente y de Apure (“los de la isla de Guara, los de las sabanas de Maturín y el Delta”) uno imagina los rasgos que aún conservan -¡cuatro siglos después!- las manadas que huyen mostrencas por los infinitos del país llano. Acaso son iguales a los rucios blancos que prefería Páez por ser buenos nadadores rápidos en la arrancada, en las escaramuzas de pique y juye que permitieron las hazañas de Mucuritas, Las Queseras del Medio o a aquél cuya muerte vengó en el combate de Mara de La Miel; a los de Carabobo; a los “40 mil empotrados y listos para la campaña” de 1816; a los 611 que jineteaban en Arichuna los soldados o los que corcoveaban cerreros bajo las piernas de los indios de Tame , betoyes y macaguanes. Acaso entre ellos se encuentre todavía el cebruno que perseguía Bolívar el 28 de enero de 1817 en una carta al Presbítero Coronel Eduardo Hurtado “pues no tengo en que hacer la guerra” o son los mismos que cruzaron seiscientos kilómetros de llanos enlodados y bajo el agua hasta Casanare , hasta los riscos helados del Páramo de Pisba en 1819. ¿Será todavía como el caballón ruciomoro de Zamora en las sabanas barinesas de Matasazules, al que lo alebrestaba la pólvora y el clarín del General del Pueblo Soberano?
“Es un sobreviviente”, me contesta don José Giácopini Zárraga, “perdió la alzada y cobró resistencia. Perdió belleza y ganó una increíble capacidad de aguante. Hubo de soportar las peores inclemencias, morir y volver a nacer durante su dramático proceso de adaptación a un medio que le era extraño a su hábitat natural: las tierras de los climas templados. Los malos pastos, el descuido, no parecen hacerle mella. Pero hay que rescatarlo. Por razones históricas y sentimentales. Es uno de nuestros más grandes patrimonios. Es el caballo de la conquista, la colonización, la independencia. Es un héroe. Basta verlo de sol a sol, en las vaquerías , flacucheto, soportando a su jinete, halando toros de 12 arrobas, los ijares sangrientos, tragando distancias de lodo y polvo, listo para recomenzar al día siguiente”
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