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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

28 de noviembre de 2010

Cachos con Tembladores

Los cachos, pasajes o cuentos, son también una forma de tradición. Dicen que el llanero es exagerado y por ende embustero. Sin que ello me conste, allí va un cuento enmarcado en una especie de concurso que se desarrolla en Cantaclaro, para ver quien echa el mejor pasaje. Entendíendo por el mejor, aquel que aunque sea fantástico, sea plenamente sostenido por el narrador:


-¡Ah caramba viejo! Ese amigo suyo está deletreando en materia de tembladores. Oigame este pasaje”… "En una ocasión iba yo para la Urbana, acompañando a un amigo del costo del Orinoco a quien se le había muerto la mujercita ya para darle a luz su primer hijo, y la iba a enterrar sin mas acompañamiento que el de mi persona.


Ibamos en una curiara y como el viudo no hacía sino contemplar en silencio el cadaver acostado en el fondo de la embarcación, yo, por distraerme, me puse a contemplar el agua y en eso caté de ver, como el amigo de su cuento, un aguaje de tembladores; pero no de uno solo, sino de un camboto de ellos. Cojí el arpón, que usté no me va a preguntar donde lo llevaba, lo lancé a salga la que saliere y salió un tembladorcito pequeño, de esos barriga blanca que llaman joveritos. Pero el arpón estaba enmachado y al suspenderlo por la guaica, se le rompió al gimnoto –como usté dice que se llama, que no me consta, pero su palabra vaya adelante- el pellejito por donde estaba prendido y se cayó en el cadaver ya mencionado sobre el vientre. No hizo sino tocarla cuando la muerta se enderezó en la curiara, se pasó la mano por el pecho, exclamó - ¡Ay mi madre!- soltó lo que tenía en la barriga, que era un varoncito y se volvió a acostar, quedándose otra vez muerta del todo


Prorrumpieron en carcajadas los oyentes, ninguna mas regocijada que la de juan Parao, y entre ellas la del propio Hinojoza, quien luego dijo:


-¡Vaya pues! Me mató usté el gallo en la mano, catire. Ya me habían dicho que usté era un gran contador de embustes…”
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