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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

7 de septiembre de 2010

La Naturaleza aportando la Subsistencia

El abuelo nació en un campo, en un caserío, si así puede llamarse, en que había que recorrer kilómetros para llegar a la casa de un vecino o al pueblo más cercano. Un niño nacido en el campo, desarrolla   desde muy temprano el instinto de supervivencia, aprovechando, según la temporada, los alimentos que la naturaleza provee en forma natural.

Así, un niño de campo de 4 o 5 años, nada, pesca, trepa arboles, no se pierde en el monte, sabe de qué y cuando alejarse de un peligro.

Cuenta el abuelo que durante el verano, el río aportaba el principal sustento y apoyándose con nasas o barbasco, como ya se ha dicho en entradas anteriores, la familia se alimentaba a base de pescado y verduras cosechadas en el pequeño conuco.¡Todo un día comiendo pescado por carecer en esa época de medios para refrigerarlo o salarlo! (la sal era muy cara)

En el invierno, el alimento estaba en la montaña: lapas, conejos, acures,  y creciendo silvestres, naranjas, cambures, topocho, mangos, aguacates, entre otros.

Cuenta el abuelo que a veces se internaban en la montaña buscando alimentos. Caminaban medio día y encontraban matas de cambur cargadas. Si estaban verdes los racimos, abrían un hoyo entre las raíces de un arbol y cubrían las paredes con hojas verdes de cambur, luego separaban los racimos en “manos” y llenaban el agujero, lo tapaban con más hojas, le ponían una especie de rejilla hecha de palos y le colocaban piedras encima de forma que el peso impidiera a los rabipelaos o demás roedores, -que les encanta el cambur - apoderarse del botín.

Aparentemente, las mismas bacterias que están en las hojas, crean una reacción exotérmica, generando calor que madura el fruto.

A los tres días, regresaba la familia al sitio, destapaban el “entierro” y los cambures o topochos ya estaban maduros. El festín duraba el resto del día: comían todo lo que podían, jugueteaban y al rato comían más. 

Al final del día regresaban con lo que podían cargar para los que se habían quedado en la casa.

El abuelo pregunta que a quien le pueden interesar estas historias y yo le contesto que la sencillez de las mismas refleja la de la vida del campesino en aquellos tiempos.  Son imágenes de una forma de vida del venezolano del campo y todas, de una u otra forma, encierran una enseñanza que, para los que hemos crecido en las ciudades, es novedosa.

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A título de informacion general, la mata de cambur da fruto una sola vez. Despues se seca irremediablemente
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