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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

10 de noviembre de 2014

El Reclamo - Germán Fleitas Nuñez




“EL RECLAMO” o “DE CÓMO UN JOVEN NOVELISTA LLANERO, SE ATREVIÓ A CAMBIAR CON SU IMAGINACIÓN, EL ROSTRO DE CARACAS”. 
 
 
(Fragmento de las Palabras leídas por Germán Fleitas Núñez en la Academia Venezolana de la Lengua Correspondiente de la Real Academia Española, el lunes 29 de octubre del 2002, con motivo de su incorporación como Miembro Correspondiente por el estado Aragua).

En estas primeras palabras recordaré a un joven novelista frustrado, desestimulado y olvidado, campesino, llanero, guariqueño, nativo del pueblo de la Humildad y Paciencia de Camaguán, situado en el centro de la llanura, al lado de los esteros, a un costado del río La Portuguesa, quien a sus 22 años se atrevió a -con su imaginación- cambiarle el rostro a Caracas.

No soy llanero pero soy agradecido y es mucho lo que le debo a la llanura.

Crecí oyendo hablar del llano con cariño y con respeto. Mi padre era un poeta llanero y toda su poesía, sus pensamientos y sus conversaciones, tenían como tema central a la inmensa llanura y a su gente.

Conocí a distinguidos llaneros. Muchos de ellos tenían silla propia en esta mesa. Recuerdo a don Pedro Sotillo, a don Pedro Díaz Seijas, al gran poeta Alberto Arvelo Torrealba, a don Mariano Hurtado Rondón, verdadero autor de “María Laya”; al Maestro Juan Briceño Zapata, el hombre que “le daba al cuatro con una muñeca rara”; al poeta Sánchez Olivo; a José Antonio de Armas Chitty, a don Luís Barrios Cruz. A mi profesor don Luís Loreto, a José León Tapia, a Ernesto Luís Rodríguez, a mi querido maestro Virgilio Tosta; a mi abuela paterna, la calaboceña Susana Beroes Peralta de Fleitas Fleitas; a doña Margarita Rojas de Fleitas Beroes, al pariente José de Jesús Loreto Loreto, a Jorge Dáger zaraceño y a mi padrino Julio De Armas Mirabal. Con la venia de Ustedes, intentaré desde este Santuario de las Letras, saldar una partecita de esa deuda.

En 1935, el recién creado Ateneo de Caracas, para celebrar el cuarto aniversario de su fundación, convocó un concurso literario, cuyas bases y condiciones fueron publicadas en la prensa nacional. Se trataba de una novela de tema libre con un máximo de 160 páginas, escrito a máquina a doble espacio. Se premiaría a la mejor y todos los concursantes recibirían un diploma de participación. Entre los concursantes, estuvo un joven aspirante a novelista, de 22 años, estudiante de 5° año de derecho en la Universidad Central de Venezuela, nativo del entonces lejanísimo pueblo de Camaguán.

Su novela se llamaba “El Reclamo”, tenía 146 páginas y fue enviada con el pseudónimo “Estudiante”. En la plica iba la identificación: Autor: Pedro Fleitas, Profesión: estudiante y el nombre de la Pensión donde estaba residenciado.

Era una novela futurista, optimista, bien organizada y bien estructurada, escrita en buen castellano, dividida en tres partes llamadas “Lucha”, “Trabajo” y “Rumbo”, cada una de ellas subdividida en siete capítulos. Muy acertadas descripciones, buenas narraciones. El autor logra un buen diseño de cada personaje y de su perfil psicológico y va narrando en tercera persona, todo lo que va pasando. A diferencia de la narrativa actual, si llueve, el autor dice que está lloviendo, pero “no hace llover”. El lector percibe la lluvia pero el agua no le moja los pies.

Los personajes son pocos, bien definidos, pocos diálogos pero los necesarios, hermosas descripciones del paisaje caraqueño, del centro, de los alrededores, del cerro, de los pueblos aledaños a los que -a semejanza de los ríos- llama “tributarios que afluyen hacia la capital”. Hombre de tierra llana, era un apasionado admirador de “El Ávila”; ya viejo decía que era tan bella nuestra montaña, que parecía un gigantesco cuadro de Manuel Cabré.

El argumento es sencillo y lineal: se trata de un joven caraqueño de familia pudiente que viaja por dos años a Europa y Estados Unidos y ante la novedad del viejo mundo, sueña con la transformación de su ciudad natal, a la que a falta de mejores argumentos para su defensa, esgrime siempre que “es la cuna de Bolívar, de Miranda, de Bello y del 19 de abril.”

A su regreso, como suele suceder, ya es otro, lleno de ideas y de proyectos. El reencuentro con La Guaira y con Caracas es duro. La Guaira desde el barco, de noche, parece un nacimiento decembrino, pero cuando amanece, la realidad choca con su sensibilidad. Remonta la carretera serpenteante y al final evoca a Pérez Bonalde: “Caracas, ahí está”. Sus mismos techos rojos pero como que cada vez más pegados del suelo; su misma blanca torre, sus mismas azules lomas, sus mismas “bandadas de tímidas palomas” pero que no hacen llenar de lágrimas sus ojos sino de una mezcla de ternura con rabia y de esperanza con alegría.

Reincorporado a su actividad normal se entrega a proyectar a la nueva ciudad que -según él- está pidiendo paso para emerger. Dice cosas extrañas, como esta: “si se escucha a Caracas en forma horizontal, invita al repaso histórico, pero si se la escucha en forma vertical, se ve una incontenible ambición de mejora”. Plantea que hay que escucharla y es lo que hace; ella es la que dice, es la que pide, es la que reclama. Y ese reclamo se vuelca en un Proyecto de reformas que incluye (el autor escribe en 1934) la demolición de 28 manzanas en el centro (7 X 4); la construcción de una gran Avenida llamada Avenida Simón Bolívar, que una a la ciudad antigua con el Este; La construcción de una nueva Universidad que saque a la Universidad Central de Venezuela de este venerable pero ya estrecho edificio que hoy nos alberga; la construcción de una moderna avenida que una a Catia con La Guaira que se llamará la Calle del Mar; dos grandes avenidas paralelas a la Bolívar que se llamarán Calle del Comercio y Calle del Pueblo; un gran Monumento al Libertador en el comienzo de la Avenida Bolívar; un aeródromo, dos avenidas (él las llama calles) que lleven a Catia y Antímano, la profundización del calado del Puerto de La Guaira, creación de nuevos muelles; y un camino de la montaña que comunique a Caracas con el litoral; la construcción de teatros y hoteles y sitios de recreo y esparcimiento.

El personaje en la novela se vale del apoyo de la prensa, publica su proyecto, surge un nutritivo debate (muy técnico), el gobierno respalda la idea, lo contrata para que se él mismo quien lo dirija, se hacen las expropiaciones, demoliciones y construcciones y se desemboca en grandes inauguraciones y todo es felicidad en el país.

Era como si se vislumbrara una ciudad futura que siempre había sido la bella “Odalisca” de Pérez Bonalde, “rendida a los pies del Sultán enamorado”, pero bella “odalisca rendida, con el sueño liviano”, que podía despertar de un momento a otro, como en efecto sucedió diez años después.

Cuando se lee la novela, echando a volar un poco la imaginación, se presiente entre sus páginas, al general Medina Angarita, “pico en mano”, dando el primer golpe para derribar el viejo barrio de “El Silencio”, lo cual ocurrió diez años después, o firmando los decretos de expropiación de la “Hacienda Ibarra” para construir la “Ciudad Universitaria” o al doctor Villanueva dibujando los planos; a Tomás Sanabria proyectando el “Hotel Humboldt” o al general Pérez Jiménez inaugurándolo, o a don Juan Bernardo Arismendi y don Luís Roche urbanizando unos remotísimos chiribitales que pretendían vender a medio el metro cuadrado.

Como el amor se atraviesa en todas partes, desde el segundo capítulo, paralelo al argumento central, coexiste pacíficamente una novela rosa (cursilona), tan del gusto de la época, especialmente para quienes apaciguábamos los temporales de nuestros corazones leyendo novelitas de Corín Tellado, folletones de a dos bolívares o novelas radiales, “jirones de amor y de dolor arrancados de la vida misma”, cuya máxima expresión fue y sigue siendo “El Derecho de Nacer” obra cumbre de Félix B. Caignet. Resulta que Enrique Delgar, el proyectista soñador, a quien para resumir al mínimo y no detenernos en detalles, llamaremos “El Muchacho”, se enamora de Lourdes Tejano a quien llamaremos “La Muchacha”. Ella no corresponde a sus requiebros porque está interesada en Jorge Larray, a quien llamaremos “El Malo” porque se vale de artimañas y tramposerías para descalificar al muchacho y a su proyecto, pero al final, todo se descubre, todos se dan cuenta de la verdad, especialmente “La Muchacha”, quien se enamora de “El Muchacho” y aun cuando la novela no lo dice, yo me permito imaginar que se casaron, tuvieron hijos, vivieron muchos años y fueron muy felices. Como tenía que ser.

El Jurado Calificador estuvo integrado por el gran poeta Andrés Eloy Blanco quien lo presidió, don Enrique Bernardo Nuñez, futuro Primer Cronista Oficial de Caracas y de Venezuela y hoy Patrono de los Cronistas, don Rafael Angarita Arvelo Individuo de Número de esta Academia, doña Ada Pérez Guevara y don Augusto Mijares Individuo de Número de esta Academia y de la Academia Nacional de la Historia y futuro Ministro de Educación.

Llegado el día de la premiación, todos los participantes recibieron su Premio o su diploma, menos “El Reclamo”, porque no solamente no ganó y ni siquiera quedó en último lugar, sino que se perdió. Sencillamente se perdió.

Y aquí empieza la novela de “la novela” o el reclamo de “El Reclamo”.

La búsqueda comenzó en los escritorios y archivadores del propio Ateneo y de allí pasó a las bibliotecas de los miembros del jurado. No apareció en la lista ni estaba en ninguna gaveta, en ningún estante. Muchos de los miembros del jurado dicen haberla leído pero no saben que se hizo. El único directivo que negó haber leído la novela fue el Dr. José Nucete Sardi, quien llegó a ser Secretario General del Ateneo y Vicepresidente de su Junta Directiva y luego, Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia. Tuve el honor de conocerlo con motivo de una investigación que yo hacía sobre el arribo de su biografiado general Miranda a Ocumare de la Costa en 1806 y doy fe de su cordialidad y gentileza; cuando le pregunté por “El Reclamo”, me dijo que había pasado mucho tiempo, que recordaba vagamente haberla leído, pero que no sabía qué se había hecho.

Como “golpe dado no tiene desquite”, el fracasado novelista se olvidó del asunto y empeñó sus esfuerzos hacia otros rumbos; era joven, culminó sus estudios y se graduó de abogado y doctor en Ciencias Políticas en la U. C. V. en 1936, ejerció su profesión con gran decoro y dignidad, se casó con dama distinguida y procrearon honorable familia, fue Juez, Presidente del Colegio de Abogados y de la Corte Suprema de su estado natal, escribió un Prontuario de Legislación del Trabajo y otros textos jurídicos, fue docente, y murió a avanzada edad rodeado del cariño y del respeto de todos. El año pasado se cumplieron cien años de su nacimiento.

Y hasta ahí hubiera llegado el asunto a no ser porque en 1938 se crea la Dirección de Urbanismo del Distrito Federal y al año siguiente publica un “Plan de Urbanismo de Caracas”, que es una copia al carbón de la novela “El Reclamo”. El Plan contempla: la demolición de 28 manzanas (7X4) en el centro (“El Silencio” construido 10 años después); la construcción de una gran avenida llamada Avenida Bolívar, que una a la ciudad antigua con el Este; la construcción de una nueva Universidad en las afueras de Caracas, la construcción de una moderna avenida que una a Catia con La Guaira que se llamará la Calle del Mar (construída 20 años después con el nombre de Autopista Caracas La Guaira); dos grandes avenidas paralelas a la Bolívar que hoy se llaman Avenida México y Avenida Lecuna, un gran Monumento al Libertador en el comienzo de la Avenida Bolívar; reformas y mejoras del Puerto de La Guaira, creación de nuevos muelles; y un camino de la montaña que comunique Caracas con el litoral (Construido por el gobierno del general Pérez Jiménez como Teleférico del Ávila) y la construcción de teatros, hoteles y demás sitios de recreo y esparcimiento. Párrafo por párrafo; todo lo que planteaba la novela estaba en el plan y en el plan no había absolutamente nada que no estuviera en la novela.

La Comisión Consultiva del Plan de Urbanismo estuvo integrada por Edgar Pardo Stolk, Carlos Raúl Villanueva, Carlos Guinand, Enrique García Maldonado y Gustavo Wallis todos ellos gente decente y honesta, de inmaculada trayectoria en cuya mesa de reuniones fue apareciendo punto por punto el contenido del plan. Se atribuyó igualmente la autoría a un grupo extranjero de muy alto nivel integrado por Prost, Rotival, Lambert, Wegnestein, por lo cual también fue denominado el Proyecto como Plan Rotival, aun cuando la comisión al referirse a este equipo, apenas dijo en su informe que “han rendido una labor eficiente”. Miembro del alto gobierno y gobernador del Distrito Federal en esos tiempos fue el Dr. Diego Nucete Sardi mencionado hasta como posible Presidente de la República en los días previos a la Revolución de Octubre de 1945.

La novela había sido leída por muchos intelectuales, familiares y amigos. Fue escrita a mano pero para concursar era necesario mecanografiarla y como no era tiempo de fotocopiadoras ni de digitalizaciones, salieron cuatro copias, una de ellas casi ilegible, que era lo que daba una buena máquina de escribir con papel carbón.

Entre quienes la leyeron, el autor recordaba al poeta Andrés Eloy Blanco y los demás miembros del Jurado, doña María Luisa Escobar, doña Mercedes Carvajal de Arocha (Lucila Palacios), Agustín, Aurelio, Pedro y Juan Beroes, Héctor Alcalá Vásquez, Héctor y Humberto Cuenca sus parientes, don Carlos Felice Cardot, don Joaquín Gabaldón Márquez, don Luís Beltrán Guerrero ilustre miembro de esta academia y de la de la historia, don Oscar García Velutini, Juan Acosta Bello, Manuel Rodríguez Cárdenas, Alejandro y Manuel Graterol Roque, José Fabiani Ruiz, Felipe Massiani, Juan Francisco Reyes Baena, Ernesto Silva Tellería, Carlos Tinoco Rodil y don Luís Villalba Villalba.

Las copias habían sido leídas porque el autor tenía nexos de amistad o de familiaridad con muchos hombres de letras de entonces. La humildad propia de la gente del interior era entonces una virtud y él era humilde y discreto, pero no era lo que hoy en día llamamos ser un “campuruzo”.

Su madre era la única hembra de siete hermanos; los seis varones eran todos doctores de la universidad sin haber salido nunca del pueblo de Calabozo y todos habían escrito libros. El mayor era un médico compañero de pupitre, de grado y entrañable amigo de Francisco Lazo Martí, quien le dedicó varios poemas y una copia de la Silva Criolla, fue diputado y senador, escribió libros y murió asesinado en San Fernando de Apure en 1917; El segundo, Aurelio Beroes, ingeniero, construyó la carretera trasandina, el Puente Internacional Simón Bolívar y escribió libros; los restantes fueron abogados, jueces, senadores de la República, autores de libros de poesía y de derecho, y el mayor de ellos, don Agustín Beroes, fue simultáneamente Presidente de la Alta Corte Federal y de Casación, Presidente del Colegio de Abogados de Caracas y Gran Maestro de la Gran Logia de Venezuela. Dos de sus primos hermanos, huérfanos de padre y hermanos de crianza fueron Pedro Beroes, entonces director del diario Últimas Noticias, luego Director de la Escuela de Letras de la U. C. V. y Juan Beroes, ganador en 1947 del Premio Nacional de Literatura. Su madre no estudió porque era mujer y eso no se usaba antes y menos en el llano.

En la magnífica obra “Linajes Calaboceños”, el pariente José de Jesús Loreto Loreto no los incluye. Cuando mi padre y yo le hicimos el cariñoso reclamo nos dijo: “Parientes: ustedes son dos hombres inteligentes y sé que me van a entender y a perdonar; ellos fueron los únicos calaboceños que en una sola generación dieron siete doctores, pero no los podía meter en el libro, porque eran negros”.

En vista de lo sucedido se solicita entonces oficialmente al Ateneo una explicación y en atenta respuesta suscrita por doña Anna Julia Rojas, su Presidenta, se informa que “…previa una minuciosa investigación el Libro de Actas y en los archivos de este Ateneo (…) no se ha logrado ningún dato referente a ese Concurso ni al Jurado del mismo ni nada que pueda permitir contestar a su solicitud…”

El 12 de febrero de 1991, cuando ejercía la Alcaldía de La Victoria, tuve el honor de invitar a pronunciar el Discurso de Orden en la Plaza Ribas con motivo del Día Nacional de la Juventud, a doña María Teresa Castillo, primera mujer que ocupaba esa Tribuna en más de 176 años. En los pocos raticos en que la marejada de estudiantes que la rodeó entusiasta, me permitió hablar con ella, le pregunté y me respondió: “Todos esos archivos se los llevó un secretario”. Pronuncié un nombre y con la elegancia de las grandes damas sonrió y me dijo: “No te lo puedo decir porque murió hace 20 años”.

Por su parte el Presidente del Jurado, el gran poeta Andrés Eloy Blanco suscribió lo siguiente:

“TESTIMONIO. A petición del Dr. Pedro Fleitas emito la presente constancia: recuerdo como miembro que fui del jurado designado al efecto, que entre las obras que ingresaron al Concurso de Novela promovido por el Ateneo de Caracas para el año 1935, estuvo el trabajo titulado “El Reclamo” cuyo contenido desarrollaba un tema futurista sobre construcciones en Caracas y La Guaira. Caracas 10 de septiembre de 1944.- (Fdo.) Andrés Eloy Blanco.”

Pasados ya 77 años del Concurso, “viveza criolla” aparte, cabe preguntarse: ¿Fue una novela cuasi profética?, ¿Tuvo algún valor literario?, ¿Hubo plagio de ideas?, ¿Fue una novela urbana?, ¿por qué la recuerdo? ¿Qué o a quien pretendo rendirle homenaje?

No creo en profecías y menos en las que se refieren al futuro; ignoro si la novela merece ser recordada por su valor literario, que no se si tiene alguno ni soy la persona idónea para saberlo; ni por ser una de las primeras novelas urbanas de Venezuela, porque tampoco estoy seguro de que lo sea; ni por si pudo haber sido plagiada, porque me cuesta creerlo ya que propone construcciones que estaban “de anteojito” y a cualquiera se le habrían podido ocurrir años después, especialmente a los mejores ingenieros y urbanistas de Venezuela y del Mundo.

Don Adolfo Rodríguez Rodríguez, miembro de esta Academia y estudioso de la llaneridad, cuya erudición es un faro, me dijo un día que “El Reclamo” podía ser una de las primeras novelas guariqueñas y una de las primeras novelas urbanas. De lo primero no me cupo duda pero de lo segundo sí, porque en mi ignorancia sobre el tema, pensaba que no podía haber novelas urbanas simplemente porque en nuestro país no había ciudades. Venezuela era un inmenso campo. Nuestros Monarcas crearon ciudades más por el honor del rimbombante nombre que por su condición verdadera; cuando en mi estado Aragua se crea la única ciudad colonial, San Sebastián de los Reyes, con derecho a tener Cabildo, Divisa, Escudo de Armas y las demás prerrogativas propias de su condición, la nueva ciudad, (según lo afirma su biógrafo Lucas Guillermo Castillo Lara) tiene apenas catorce casas. Esta realidad se me reveló claramente hace medio siglo cuando era archivero del Tribunal Segundo Civil e invité a conocer mi pueblo de La Victoria y a mi abuela, a una venerable abogada llamada doña Blanquita Medina de Luongo Cabello, quien a sus casi ochenta años ejercía su profesión e iba todos los días a los tribunales. Después de agradecer mi invitación me dijo: “Trae a tu abuela que yo la recibiré encantada, pero no me invites más; no voy a ir, porque para mí, de Venezuela, Caracas y del interior Chacao”. Me sacudió pero tenía razón, desde Caracas se veía todo un inmenso campo; Barquisimeto, Mérida la ciudad de los caballeros, La Villa de San Carlos de Austria, la Villa de Todos los Santos de Calabozo, todo era campo, todo era “monte y culebra”. Y la propia Caracas lo era también. La vida de Caracas en el siglo XIX y a principios del XX, era cuasi campestre. Muchos de los grandes señores caraqueños, lo eran en relación con sus campos y haciendas. Los Bolívar eran el “Ingenio de San Mateo”, los Xerez de Aristeguieta eran “El Palmar” y “Trapichito”, los Tovar eran por el norte las haciendas de cacao de la costa del mar; por el sur los hatos llaneros con sus esclavitudes y ganados, por el naciente las haciendas de cacao de Barlovento y por el poniente las haciendas del valle de Aragua y de la nueva Valencia del Rey; los Palacios eran “La Fundación”, “El Valle de Chirgua” y “Cariaprima”. Los Mixares de Solórzano eran las haciendas de El Consejo. Era la nobleza criolla, la aristocracia territorial, agraciados y ennoblecidos por la majestad del Rey de España, gracias a sus servicios a la corona y a sus propios merecimientos, pero fundamentalmente a las almendras que sacaban de sus fincas; sus títulos nobiliarios tenían un origen campesino, los llamaban “los grandes cacaos”. Sus opulentas mansiones eran una prolongación de sus haciendas. Cuando contemplamos con miradas de hoy, viejas fotografías de Caracas y sus habitantes nos damos cuenta de que Caracas era “un pueblote” y los caraqueños unos pueblerinos. Ahora bien, si no había ciudades, no podía haber novela urbana.

Mientras los pueblos se mantuvieron del mismo tamaño durante cuatro siglos, fueron y siguen siendo materia de estudio para los historiadores, los antropólogos y los arqueólogos, pero no para los novelistas.

El doctor Uslar escribió sobre el campo que éramos y alguna vez, se arriesgó a escribir sobre una ciudad a la que llamó “de nadie”, pero esa “ciudad de nadie”, era Nueva York.

Hubiéramos tenido ciudades si los tiempos históricos no nos sorprenden cambiados. Cuando a finales del siglo XIX hacía falta una mano férrea que nos metiera en cintura y acabara con las guerras civiles, apareció un autócrata civilizador que pretendió modernizar a un país tan pobre que solo le producía buen dinero a él y a su entorno; y cuando brotó la riqueza petrolera, en lugar de un modernizador progresista, apareció la mano férrea que no dejó que nuestros pueblos se convirtieran en ciudades. A la Caracas de comienzos del siglo XX entre el petróleo y Guzmán Blanco la hubieran convertido en una gran ciudad pero el general Gómez le quiso conceder ese honor solamente a Maracay. Caracas siguió siendo un pueblote. Por cierto que siempre se dijo que el Benemérito había manejado a Venezuela como una gran hacienda, su hija doña Cristina Gómez Núñez de Cáceres de Martínez Ruí me decía: “Es verdad, porque eso era Venezuela, una gran hacienda y además -añadía con mucha gracia- a mucha honra, porque los mejores administradores han sido siempre los hacendados”.

Cuando Mamá Blanca le entregó sus “Memorias” a Teresa le dijo: “Me dolía tanto que mis muertos se volvieran a morir conmigo, que se me ocurrió la idea de encerrarlos aquí; este es el retrato de mi memoria, lo dejo entre tus manos”. Eso es todo; me dolía tanto que este muerto se volviera a morir conmigo que se me ocurrió la idea de recordarlo aquí, con la esperanza de que 30 minutos de palabras dichas en este santuario de la palabra, puedan borrar 77 años de silencio y de olvido.

Es muy difícil profetizar el pasado y decir qué hubiera sucedido si no sucede lo que sucedió. Tal vez si la novela no se pierde, no hubiera ganado y hoy nadie la recordaría como tampoco recuerda el nombre de la ganadora ni el de su autor; pero a consecuencia de su extravío hoy brilla por su ausencia, para desagraviar a un desconocido aspirante a novelista, reconocer su atrevimiento y recordar su audacia. Por ese solo mérito; por haberse atrevido.

Mientras Gonzalo Picón Febres, ciudadano de la ciudad de los caballeros, nos embelesaba con la perfumada sombra de los bucares y apamates en sus cafetales de la montaña; mientras Teresa de la Parra nos llevaba de la mano de Mamá Blanca, a conocer la vida en su hacienda; mientras el maestro don Rómulo Gallegos nos hacía volar por sobre el soberbio Orinoco para adentrarnos en la intrincada y misteriosa selva de Guayana o nos ofrecía su inmensa llanura, “toda horizontes como la esperanza y toda caminos como la voluntad”, él se atrevió. Mientras los grandes escritores caraqueños escribían las novelas del campo venezolano, él, siendo un modesto pichón de novelista, campesino, llanero, guariqueño, de Camaguán, se atrevió a escribirle una novela a Caracas.
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