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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

10 de febrero de 2014

Caparo: Un Río Andillano


CAPARO: UN RÍO ANDILLANO 

Omar Carrero Araque 
Baquiano
Co-Fundador de la Estación Experimental Caparo
 2014 


El río de Caparo es uno de los tantos torrentes que se desprenden del risco suroccidental andino desde donde baja, impetuoso en sus primeros trechos, para después ser apacentado por la tierra llana. Cuando pasa por el sitio que ocupó hasta hace poco el islote Cachicamo, baña la fachada norte de la Estación Experimental. Su nombre es una corrupción de Caparro como se llamó hasta las primeras décadas del pasado siglo, cuyo nombre se asocia con el de los Caparros o Capuchinos, unos monos que en profusas manadas recorrían sus selvas ribereñas. Con 350 Km. de longitud, 150 de ellos navegables, puede presumir de ser uno de los padres del Apure pues sus aguas aumentan las del Anaro y el Suripá un poco antes de que éste último, frente a la población de Palmarito, rinda en el gran río llanero. 

Antes de que sus aguas fueran sojuzgadas con una gigantesca barrera de concreto armado, esta arteria fluvial que discurre hacia el naciente representó para los moradores de la región del suroeste apureño-barinés un recurso de múltiples valores, tangibles e intangibles, siendo el arquitecto de una cultura expandida a lo largo de su llano recorrido, al permitir la mezcolanza de pueblos andinos y llaneros. Los valores concretos del río, se podían apreciar en el tributo que prodigó a las comunidades ribereñas en forma de camino de agua, que con sus caños y brazos facilitaba la comunicación de uno al otro extremo, permitiendo la estructuración de vínculos entre el comercio, el transporte, el turismo y la pesca. Las actividades que se generaban entre los pueblos y hatos de la región mantenían un febril intercambio de bienes y servicios, manifiesto al observar la profusión de chalanas, bongos y canoas que surcaban el río en uno u otro derrotero. 

En otro sentido, aún es posible sentir los valores intangibles patentes en la magnificencia de un paisaje pintado en un paño que encierra cielo y horizonte, donde la luz y el tiempo se hacen cómplices para llenar el espacio de motivos cambiantes en una profusión de dinamismo y policromía: Ahora son las aves vadeadoras, de majestuoso vuelo que cruzan el espacio congraciándose con las térmicas; más tarde, reptiles y quelonios en las playas y barrancas en una fusión de siesta y soleo. En otro momento, la gracia de los monos que en manadas se balancean sobre los copos de los árboles, altos custodios del viaje de las aguas. En el fondo, un cielo de azul templanza, matizado de arreboles o arrumazones, según lo decidan los caprichos del frente de convergencia intertropical. 

Es en estas corrientes en donde comienzan su aprendizaje los baquianos de agua pues su discurrir enseña a todo aquel tenga abierto el espíritu de observación. Criarse al lado de un río llanero siempre ha sido una magnífica experiencia que nos marca permanentemente. De allí surgen los pescadores de oficio, diestros en el manejo de la palanca y del canalete, de la tarraya y el arpón, del espinel y la boya. Un ribereño es un conocedor de los momentos de crecidas o cabeceos de las aguas; del tiempo de las ribazones; de los nombres de los peces, así como su aguaje, sus hábitos y sus usos. Un baquiano de agua también puede reconocer por su vuelo a las aves vadeadoras, a lo lejos distingue el peligro que conlleva un “rollo” de macaurel en las horquetas de un guamo, así como advierte por el aguaje, la presencia de caramas sumergidas. Es también versado en distinguir las matas orilleras y en conocer sus usos. En fin un pescador de agua dulce al asimilar toda la información que le enseña el río carga encima una calificación cum laude que le permite graduarse de Patrón. Un Patrón en cuyo espíritu se ha sembrado también la musa que lo lleva a la versación y a la poesía que ve brotar en cada recodo, en cada barranca, en cada remanso o en cada chorrera. 

Para un Baquiano de agua como el Catire Isidoro que nos acompañó largamente en el primer lustro de la Estación es fácil comprender porque el hechizo que ejerce la Estación Experimental Caparo sobre sus visitantes está íntimamente ligado al del andillano río. 

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