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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

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16 de enero de 2016

Recordando al Abuelo (3)

Ya en Caracas, le tocó al abuelo defenderse solo. En aquellos tiempos era común que familias ayudaran a los muchachos campesinos a cambio de servicios domésticos.  Bajo esa figura llegó el Abuelo a una casa de gente amiga de su mamá. Ellos atendieron el problema de salud del abuelo y lo operaron.
Después de eso estuvo en dos casas más bajo la misma figura, hasta que se independizó y se fue a vivir a una pensión y empezó a trabajar en el antes llamado Matadero Caracas y luego en el Mercado de Coche.

Mientras tanto, estudiaba su primaria y luego su bachillerato nocturno en el Liceo Alcázar. Hago mención de esto porque una de las cosas admirables del Abuelo fue  sus deseo de superación. Nunca se adormeció, él pudo como otros tantos hombres de campo dejar los estudios y ocuparse unicamente de la subsistencia, pero él quería aprender y además tenía unas cualidades mentales y una  memoria maravillosas, al punto que era capaz de dar una clase de algun tema de bachillerato sin siquiera repasar, especialmente de las llamadas "tres marías".

En su vida en Caracas conoció a mi madre y me contaba que cuando yo llegué al mundo,  fui su mayor impulso para iniciar los estudios universitarios. Empezó entonces a estudiar Química Industrial en lo que ahora es el IUTIRLA. La Química fue su pasión. Era increíble como podía  recordar siempre y sin error las reacciones químicas, enlaces, valencias, tabla periódica, etc.

Quizás aquella experiencia del incendio de la casa, en conjunto con la profesión que escogió fue lo que hizo que se convirtiera en Inspector de Riesgos y luego en experto en Prevencion de Incendios,  materia de la que publicó un libro. Fué un hombre muy reconocido en ese campo por su excelencia y conocimientos. También dio clases y fue padrino de una promoción. A pesar de que le encantaba enseñar, no le gustaba mucho hacerlo a nivel académico. Prefería dar cursos.

El Llano se le quedó en la sangre. Sin ser llanero de nacimiento, amó ese entorno. Crecí en un hogar donde la música venezolana de todas la regiones se escuchaba a diario, donde se hacía tasajo en la cocina de un apartamento, donde se comía pisillo de venao o chigüire, donde no faltaba el casabe, donde se tocaba bandola, cuatro y maracas, donde se cantaba, donde se tomaban guarapos, donde se hacían fiestas, donde se escuchaban cuentos, cachos, donde se usaban chinchorros, donde nos contaban el Llano, donde lo único foráneo era la música que mis hermanos y yo escuchábamos en la adolescencia y que no pudo nunca suplantar la música nuestra.

Ya el abuelo no está,  y lamento tanto no haberle preguntado más!!! A veces me vienen dudas de su historia o de cualquier cosa y me quedo como desconcertada al darme cuenta que ya no puedo preguntarle nada. El abuelo siempre estuvo presente, con sus errores, con sus hábitos unos criticables y otros loables. Fue un hombre generoso, que trataba de ayudar a la gente, fue un buen padre y un excelente abuelo. Con frecuencia sorprendo en mí reacciones o pensamientos como los suyos, por eso sé que su esencia está aquí, con nosotros, en estas líneas y en nuestros corazones. Cuando me veo aprendiendo, reaccionado o pensando como él, recuerdo el poema de Pancho Valentía:

-¡Mi risa tu rabia muerde,
yo me burlé del destino;
no has hecho na, Luis Padrino,
mi raza ya no se pierde!-´


ENTRADAS RELACIONADAS: PARTE 1; PARTE 2

9 de enero de 2016

Recordando al Abuelo (2)



"Consecuencia del incendio (ver entrada anterior), el vecino causante del mismo, nos dio su casa como indemnización.Pero esa casa estaba en la orilla del río y allí nos cogió el Paludismo.

Era un mal nacional,  todo el país estaba sufriendo los embates de esa fatal enfermedad. Mis dos hermanos mayores, de 17 y 10 años murieron por su causa.  Mamá en la agonía de uno de ellos, Ramón, me mandó a que lo acompañara y le avisara cuando muriera. Así era la resignación de los campesinos que nada podía hacer para salvar sus familias.  Pero el paludismo también nos alcanzó a los menores, nos dio el de tipo secundario, y nos daban las crisis cada 48 horas, a las 11 de la mañana. Cuando sentíamos que iba a empezar la crisis de fiebre y escalofrío, nos colocábamos sobre una piedra al sol, mamá  calentaba otras piedras en el  fogón, las cubría con trapos y nos las colocaba en los pies, para que “sudáramos la fiebre”. La crisis duraba como hora y media y nos dejaba muy debilitados. Al día siguiente a la misma hora, se repetía la escena. 

No había médicos en los alrededores. Papá tenía también el paludismo en estado avanzado y estaba postrado, para ese entonces tenía como 75 años. Mamá recorría grandes distancias, cruzaba 5 pasos de río y llegaba a un caserío casi en Barlovento, a buscar pastillas de Quinina, que no eran fáciles de conseguir. Regresaba con una pastilla para cada uno y no me explico cómo llegaba con las pastillas intactas, pues cuando iba a cruzar el rio, se las metía en la boca para no perderlas. Así con todo este esfuerzo y una decisión trascendental, logró salvar nuestras vidas.

Una mañana de invierno, con la determinación pintada en la cara, mamá decidió dejar Rio Grande. Yo era el mayor, tenía como 10 años. Alcancé a despedirme de papá.  También tú me dejas? -me dijo tomando mi mano. No tuve respuesta, apenas era un niño. Él estaba postrado con su enfermedad.

Mamá nos llevó a la orilla, el río estaba muy crecido, no era un río muy ancho, pero sí muy caudaloso y de aguas oscuras en invierno. Mamá tomó a mi hermano menor, de aproximadamente 3 años, se lo puso a la espalda, le ordenó que se agarrara bien y se lanzó al agua, la corriente se la llevó, nosotros observábamos con atención, hasta que la dejamos de ver en una vuelta del río. Como a la hora la vimos salir a la otra orilla, lejos de donde nosotros estábamos. Yo vi que puso a mi hermano en una piedra alejado del rio y le dio una nalgada por si se le ocurría bajarse. Entonces remontó la colina para calcular el sitio que le permitiera llegar donde estábamos nosotros, la perdí de vista y de repente, al rato, apareció por detrás. Tomó entonces a mi otro hermano e hizo la misma operación, lo dejó con el menor  y regresó por mí. Apenas se acercó, yo sin esperar me monté en su espalda, aunque yo sabía nadar, un rio en invierno es muy peligroso y trae troncos, y restos de las barrancas por donde va pasando. Yo calculo que todo el proceso no duró menos de 6 horas. Cuando todos estuvimos en la otra orilla, emprendimos la marcha a San José de Guaribe, a buscar a mi tío que tenía una tienda. Nos separaba una distancia de unos 25 Km, pero de terreno irregular, subidas, bajadas, terreno pantanoso. Nadie se atrevió a pedir alimento, caminamos hasta llegar al pueblo a las 2 de la mañana.  Ahhhhhh el olor del pueblo, que ricura, es una mezcla de ganado y tierra, es un olor indefinible pero maravilloso.

Siempre he pensado que debo mi vida a ése acto heroico de mamá. Si ella no nos hubiera sacado de allí, el paludismo nos hubiera matado.

En el pueblo mamá avisó que papá se había quedado, ella ya le tenía mucho resentimiento. Supe que un hermano de él se lo llevó a su casa en Valle e Guanape, donde lo visité cuando yo tenía como 14 años.  Ya estaba muy viejo, no veía  y estaba enfermo, su hermano no le prestaba cuidados, estaba prácticamente abandonado. Me reconoció, tocó la tela de mi pantalón (que me habían regalado en Caracas) y me dijo: es de casimir del bueno….  Fue la última vez  que lo ví.

Ya la vida en el pueblo era diferente, mas tranquila y mamá nos sostenía lavando y planchando ropa. Nosotros hacíamos mandados, y al poco tiempo, cuando yo tenía como 14 años, por una infección en la manzana de adán, me mandaron pa Caracas."

ENTRADAS RELACIONADAS: PARTE 1 ; PARTE 3

2 de enero de 2016

Recordando al Abuelo (1)

el Abuelo a los 17 años
Empezamos el 2016 cambiando la presencia de Vivencias  Llaneras,  tratando de hacerla cada vez mas  simple pero sin perder su esencia. Y es que a medida que pasan los años nos damos cuenta que apreciamos mas las cosas simples,  sin mucho adornos, siempre que tengan corazón.

Pensaba hace un rato que muchas veces las decisiones trascendentales  dibujan el futuro. No estaría yo escribiendo este Blog si mi abuela Pancha, la madre del "Abuelo", no hubiera tomado aquella decision tan cruda y arriesgada de salir solo con lo que llevaban puesto del campo donde vivían para el pueblo mas cercano a protegerse del Paludismo. No he contado como fueron las cosas, lo haré ahora para iniciar este año Recordando al Abuelo que para esa época tendría unos 7 años.

El Abuelo y sus hermanos nacieron, como ya hemos contado en entradas anteriores, en  un campo del estado Miranda. Cada vecino se encontraba a muchos kilómetros de distancia. El jefe de familia había construido una casa de campo, como eran todas las casas de campo de la época:

Cuenta el Abuelo: 
"Papá sembraba en el conuco frijol bayo y caraotas, también un poco de café. Siempre tenía un buen acopio en la casa y muchos vecinos del sector, a veces pasaban para ver si le daban algo, pues tenían necesidad. Papá les obsequiaba siempre lo que tuviera.
Considero que papá era un hombre bueno, ayudaba a sus vecinos con sus conocimientos y con el producto del trabajo.
Sabía leer, y enseñó a leer a mamá. Lo malo es que era muy parrandero y eso amargaba mucho a mamá.  También hay que entender cómo era la vida allá, tan sacrificada, que requería tanto esfuerzo. Pienso que mamá se sentiría sola, sin mucho apoyo. Papá le llevaba como 45 años. No la culpo de nada, por instinto  resolvía las cosas

Recuerdo ese tiempo clariiiiiiiiiito, y no tengo nada que sentir de esa época. La vida era ruda, pero en realidad yo era feliz, no llegamos a pasar hambre y dentro de las limitaciones que hubiera, vivíamos bien en una casa en un alto, como a 500 metros de la orilla de un rio, en una casa que tenía frente para un camino real, por otro frente estaba la cocina, el frente opuesto era un barranco y luego una colina donde papá sembraba, tenía un conuco allí. Atrás un naranjal y para el frente principal, hacia el rio,  allá abajo, estaba la media agua, la solera que llaman y un cerro.  Allí vivíamos nosotros felices. Papá tenía de acopio unos 4500 kg d de café trillao, unos 4000 kg  de maíz desgranado y mucha gente venía a buscar ayuda a la casa y papa les daba, y seguía la vida normal.

Las casas del campo, son casi siempre iguales. Piso de tierra, paredes de bahareque. ¿Sabes cómo se hace el bahareque? Primero se abre un hueco en la tierra y allí se echa bastante barro mojado, se le añade mucha paja cortada en pequeños trozos y se meten unos cuantos hombres en el hoyo para pisar el barro hasta que esté bien mezclado. Previamente se hace una armazón con palos y verada, para las paredes. El barro se lanza hasta rellenar los espacios de la armazón. El bahareque es muy fresco, es ideal para el clima del llano.
El techo es de Casupo, una hoja larga que se va colocando superpuesta a manera de tejas y se va amarrando con mecatillo. Esas hojas se secan y quedan tostadas por el sol, es un techo totalmente impermeable y fresco. Las casas del campo tenían una troja (especie de mezzanina), que se hacía con la intención de protegerse de las crecidas de los ríos y se usaba exclusivamente para dormir, sobre esteras. Se subía  por una escalera de palo y cuando toda la familia estaba arriba, se retiraba la misma para quedar protegidos. En la parte de abajo, estaba el fogón, que permanece siempre prendido, en la noche se apartan los leños, pero se deja la brasa. A veces no se consigue leña seca y hay que usarla verde, que además de picar en los ojos, ahuyenta la plaga.  Las necesidades fisiológicas se hacían en el monte. No había luz eléctrica. El campesino se levantaba a las 4 de la mañana y montaba la olla de café y a las 7 de la noche se iba a dormir.

En las  horas de oscuridad se alumbraban  con mechurrios de cera de abeja. Esos mechurrios son efectivos, aunque echan mucho humo. Para hacerlos se agarra un trapo de cualquier tamaño y se embadurna con la cera de abeja caliente; después se enrolla como una vela y se deja secar. Eso es todo. Si el trapo es largo, se puede colocar el rollo en forma de espiral, para ir jalando un poco a medida que se consume. 

Pero una Semana Santa, miércoles  santo, pleno verano, toda la vegetación tostada, un hombre que vivía allá abajo en la orilla del rio, Miguel Correa, quemó una roza. Una roza es un pedazo de terreno que se quema para sembrar, pero siempre hay que tener cuidado de hacer cortafuego. Él hizo su cortafuego, pero yo notaba desde arriba, desde la colina, que había dejado un tronco seco prendido y cuando venteaba el tronco se iluminaba y me empecé a preocupar:

 Si se prende el cerro se nos va a quemar la casa, el techo de la casa era de palma seca retostada. Por la mañana me asomo a observar lo que esta prendido  cuando de repente veo humo fuerte abajo. Hay una graminia que es un bambú chiquitico que se llama pito que  cuando se calienta y se prende, estalla y las briznas prendidas  vuelan. Cuando yo veo que empieza a sonar ese incendio allá abajo y sonaban los pitos como una ametralladora,  voy a decirle  a mamá que se nos va a quemar la casa y me le pego a la falda, y mamá (ocupada y seguramente pensando que no era importante) me dio una nalgada y me mandó pa fuera.

Mi mamá era obstinada no sé si por las peleas con mi papá, pero siempre estaba así. Me vuelvo a colocar llorando en mi “observatorio” y cuando veo ese cerro ardiendo parejo, los pitos sonando, ese humero y saltando briznas, volví a  decirle a mi mamá: Se nos va a quemar la casa!  Otra vez me ignoró y me mandó a salir.

Ante aquella actitud, desistí de decirle y me vuelvo a poner en el mismo lugar para seguir observando. Cuando  de repente, estalla un  pito y veo yo que viene la brizna prendida iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii cayó en el techo y se abrió  inmediatamente un gran boquete. Eso era palma tostada, eso era una yesca. Voy  y le digo a mamá : Se prendió la casa!. Por fin me hizo caso y de casualidad tuvo tiempo de recoger a Eleazar que estaba durmiendo en una estera en el piso y nos fuimos para el naranjal....

Se quemó todo, de esa casa no quedó nada. Estábamos muy abatidos por las pérdidas, papá tenía acopiados como 4000 Kilos de café trillado y aproximadamente otro tanto de maíz desgranado y mazorcas, el conuco nos daba las verduras, teníamos como 500 acures, que salían a alimentarse y volvían en la noche a dormir…El incendio los cogió en el monte. No quedó ni uno....

ENTRADAS RELACIONADAS:PARTE 1; PARTE 2; PARTE 3

8 de septiembre de 2015

Cuenta el Abuelo

Vivencias sigue adelante y la mejor manera es  trabajar un poco sobre  el origen de esta pagina, recordando los cuentos del abuelo, su infancia campesina y su adolescencia citadina.

                             "Y todo lo que del Llano tuve, se me quedó en el Llano"

En realidad el Abuelo no nació en el Llano, pero como dice el poeta Luis Alberto Crespo, "No basta con nacer en la llanura. Es que no se nace en la llanura. Uno nace llanura. Viene de ella o va hacia ella." Y así fue el Abuelo, nacido en un campo mirandino, nació llanura.


"Yo nací por  allá..... en un caserío llamado Rio Grande, en una hacienda por allí. Mamá venía de Valle de Guanape, estado Anzoátegui, con sus padres, por esos montes........Venían a trabajar en una hacienda, como peones.
Ella tenía 16 años, raza india, cabello lacio y muy largo. Conoció allí a papá : Musiú, catire de ojos azules, de cultura,  faculto, con labia ".

Esa es una historia común, la mujer desde muy joven se enamora  o "se la lleva " el  hombre. Después vienen  los hijos, uno tras otro. No importa las razas: indio - blanco, indio - indio, indio - negro o cualquier combinacion posible.  La vida del campesino humilde es la misma, la supervivencia como prioridad, el conocimiento de la naturaleza y su máximo aprovechamiento, la desasistencia, la muerte escondida en cada  matorral, la vida con lo mínimo a veces o con abundancia en otras, el instinto a flor de piel, la lucha, el trabajo duro.
Así empezó todo, la familia se residenció en una vivienda típica campesina.

"Las casas del campo, son casi siempre iguales. Piso de tierra, paredes de bahareque. ¿sabes cómo se hace el bahareque? Primero se abre un hueco en la tierra y allí se echa bastante barro mojado, se le añade mucha paja cortada en pequeños trozos y se meten unos cuantos hombres en el hoyo para pisar el barro hasta que esté bien mezclado. Previamente se hace una armazon con palos y verada, para las paredes. El barro se lanza hasta rellenar los espacios de la armazón. El bahareque es muy fresco, es ideal para el clima del llano.
El techo es de Casupo, una hoja larga que se va colocando superpuesta a manera de tejas y se va amarrando con mecatillo. Esas hojas se secan y quedan tostadas por el sol, es un techo totalmente impermeable y fresco.
Las casas del campo tenían una troja (especie de mezzanina), que se hacía con la intencion de protegerse de las crecidas de los rios y se usaba exclusivamente para dormir, sobre esteras. Se subía  por una escalera de palo y cuando toda la familia estaba arriba, se retiraba la misma para quedar protegidos.
En la parte de abajo, estaba el fogón, que permanece siempre prendido, en la noche se apartan los leños, pero se deja la brasa. A veces no se consigue leña seca y hay que usarla verde, que ademas de picar en los ojos, ahuyenta la plaga.
Las necesidades fisiológicas se hacían en el monte.
No habia luz eléctrica. El campesino se levantaba a las 4 de la mañana y montaba la olla de café y a las 7 de la noche se iba a dormir. En las  horas de oscuridad se alumbraban  con mechurrios de cera de abeja.
Esos mechurrios son efectivos, aunque echan mucho humo. Para hacerlos se agarra un trapo de cualquier tamaño y se embadurna con la cera de abeja caliente; después se enrolla como una vela y se deja secar. Eso es todo. Si el trapo es largo, se puede colocar el rollo en forma de espiral, para ir jalando un poco a medida que se consume. 
Vivíamos bien, en una casa en un alto como a 500 mts de la orilla del río, una casa que tenía un frente para un camino real, de ese lado estaba la cocina. El frente opuesto era un barranco y luego una colina donde papá tenía un conuco, al fondo una quebrada; atrás un naranjal y para el frente principal, hacía el río, allá abajo  y la casa tenía hacia ese lado una solera. Allí vivíamos felices.
Papá tenía de acopio unos 4500 kg de café trillao, unos 4000 kg de maíz y mucha gente venía a la casa a buscar ayuda."
Ese es el ambiente de la infancia del abuelo y  a través de las entradas que hemos publicado sobre sus primeros años, podemos conocer cómo es la vida -aún en estos tiempos- de un  muchacho campesino, para quien  los dias transcurren entre trabajo, diversión y aprendizaje natural.

El abuelo nos  contaba siempre de sus incursiones en familia o en solitario pues un niño pequeño  criado en "el monte" aprende a cuidarse muy bien.

La familia encontraba su sustento básicamente en la cosecha del conuco, en la pesca durante el verano, en cazar alguna lapa o acure, en las frutas que naturalmente daba la tierra. Aqui transcribo otra de las entradas publicadas en Cuenta el Abuelo:


Cuenta el abuelo que durante el verano, el río aportaba el principal sustento y apoyándose con nasas o barbasco,  la familia se alimentaba a base de pescado y verduras cosechadas en el pequeño conuco.¡Todo un día comiendo pescado por carecer en esa época de medios para refrigerarlo o salarlo! (la sal era muy costosa).

En el invierno, el alimento estaba en la montaña: lapas, conejos, acures,  y creciendo silvestres, naranjas, cambures, topocho, mangos, aguacates, entre otros.

Cuenta el abuelo que a veces se internaban en la montaña buscando frutas. Caminaban medio día y encontraban matas de cambur cargadas. Si estaban verdes los racimos, abrían un hoyo entre las raíces de un arbol y cubrían las paredes con hojas verdes de cambur, luego separaban los racimos en “manos” y llenaban el agujero, lo tapaban con más hojas, le ponían una especie de rejilla hecha de palos y le colocaban piedras encima de forma que el peso impidiera a los rabipelaos o demás roedores, -que les encanta el cambur - apoderarse del botín. Aparentemente, las mismas bacterias que están en las hojas, crean una reacción exotérmica, generando calor que madura el fruto.

A los tres días, regresaba la familia al sitio, destapaban el “entierro” y los cambures o topochos ya estaban maduros. El festín duraba el resto del día: comían todo lo que podían, jugueteaban y al rato comían más. 

Al final del día regresaban con lo que podían cargar para los que se habían quedado en la casa.
Y cuando había tormenta y caía algún árbol, la emoción de pensar que pudiera haber una colmena al alcance de la mano (con mucha frecuencia de abeja Guanota) hacía que empezaran la búsqueda apenas escampaba si era de día.

La miel en el campo de antaño era muy apreciada, pues no se contaba con azúcar común, sino con panela (papelón) que también era costoso para una familia sin recursos. Por tal motivo, la miel además de endulzante natural era un tesoro para los muchachos. El muchacho campesino, saca los panales enteros y los chupa, teniendo buen cuidado de no ahogarse con la miel. Los panales, además de la miel, tienen la cera y el “Guateguán” (sustancia ácida). El consumo indiscriminado de estos componentes, ocasionan fiebre muy alta, incluso con delirio. Una buena colmena, puede dar para llenar más de 10 taparas de miel.
No faltaban los peligros, especialmente representados por culebras, por las crecidas del río o por la misma geografía. Pero el niño campesino aprende a estar alerta inconscientemente. Contamos con muchas anécdotas de El Abuelo y las iremos compartiendo poco a poco.

3 de noviembre de 2012

Retazos de Recuerdo

Alejandro Armas, Abuelo de Vivencias Llaneras
Hemos querido detener temporalmente nuestro viaje virtual a los pueblos de Apure, para hacer un salto e introducirnos un poco en el mundo de San José De Guaribe, estado Guárico. 

¿El motivo? Buscar los recuerdos del abuelo, que llegó a este pueblo como a los 7 años según su propia estimación, luego de escapar con su madre y hermanos apresuradamente de las garras del paludismo. 

Nacido en Rio Grande, caserío mirandino, vivió sus primeros años como cualquier muchacho campesino, desarrollando el instinto de supervivencia en un medio totalmente desasistido de salud, educación y demás necesidades básicas. Esas vivencias, que recuerda con exactitud asombrosa, fueron en su momento la inspiración para desarrollar este espacio.

 Un rancho temporal a la orilla del río, desencadenó para la familia, la necesidad de abandonar esa tierra y refugiarse en San José de Guaribe, que se ubicaba a aproximadamente a unas 14 horas de marcha a pié y que contaba con mínimos servicios de asistencia, para por lo menos defenderse un poco del terrible flagelo que azotaba a todo el país y  que ya había cobrado la vida de dos hermanos. 

Francisca (Pancha) Armas
Pancha, su madre, mujer resteada como todas las mujeres venezolanas, emprendió la marcha con sus tres hijos, cruzando tres pasos de río crecido, pasándolos uno a uno sobre su espalda, recorriendo entre cada uno, kilómetros aguas arriba calculando el sitio donde debía lanzarse para que la corriente la llevara aproximadamente al sitio donde la esperaba el siguiente. Tres pasos de río con tres niños a cuestas, sin duda una proeza increíble, propia de una madre venezolana. 

Y así, tras la marcha de todo el día y la noche, a eso de la 1 de la madrugada llegaron a San José de Guaribe, a buscar refugio en la casa de un hermano de Pancha, considerado hoy como patrimonio cultural del pueblo: Rafael Elias Armas. Cuenta el abuelo que recuerda con precisión un delicioso olor a pueblo, y la emoción profunda de pisar por primera vez, un centro poblado. 

 Y allí permanecieron un tiempo, ella lavando y planchando para subsistir, y los muchachos haciendo mandados y correteando por las calles polvorientas. 

Guardo hermosos recuerdos de ese pueblo en mi mas tierna infancia, relacionados con mi abuela Pancha, ya que me mandaban para allá en mis vacaciones escolares, cuando tenía unos cuatro o cinco años. Sus casas de barro de paredes pintadas con cal blanca, sus puertas de madera, la vieja costumbre de tomar “el fresco” en las tardes sentados en las silletas recostadas de la pared, mientras los muchachos correteaban por las calles de tierra, la tibia leche recién ordeñada, una deliciosa e inolvidable natilla que yo llamaba mantequilla blanca….. Un patio con árboles y muchos morrocoyes, algunas gallinas, el “taturo” de agua, donde había que bañarse con totuma, y los enormes sapos que llenaban el patio en la noche.
Y cuando llovía, el permiso para bañarme en la lluvia en ese rio de agua que bajaba, marrón al arrastrar la tierra de las calles. Y las reuniones en las casas de quienes tenían televisor para ver una “comedia” (telenovela), cuando prendían la planta eléctrica, creo que hasta las 8 de la noche. Inolvidables recuerdos para un niño caraqueño, acostumbrado a las restricciones de la vida citadina. 

Durante esta semana les estaremos ofreciendo en honor a esos recuerdos, algo de la historia y cultura de San José de Guaribe. 



Rafael Elias Armas. Nació el 4 de diciembre de 1908 en San José de Cúpira, municipio Pedro Gual, estado Miranda. Llegó a Guaribe a los 16 años de edad, desempeñándose como carpintero y barbero. Estableció la primera fábrica de bloques para la construcción en la región, al igual que en 1950 fundó el único cine de la comunidad ubicado en el Club Social de Guaribe. Falleció el 15 de octubre de 1990.Cuadernos del IPC