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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

9 de enero de 2016

Recordando al Abuelo (2)



"Consecuencia del incendio (ver entrada anterior), el vecino causante del mismo, nos dio su casa como indemnización.Pero esa casa estaba en la orilla del río y allí nos cogió el Paludismo.

Era un mal nacional,  todo el país estaba sufriendo los embates de esa fatal enfermedad. Mis dos hermanos mayores, de 17 y 10 años murieron por su causa.  Mamá en la agonía de uno de ellos, Ramón, me mandó a que lo acompañara y le avisara cuando muriera. Así era la resignación de los campesinos que nada podía hacer para salvar sus familias.  Pero el paludismo también nos alcanzó a los menores, nos dio el de tipo secundario, y nos daban las crisis cada 48 horas, a las 11 de la mañana. Cuando sentíamos que iba a empezar la crisis de fiebre y escalofrío, nos colocábamos sobre una piedra al sol, mamá  calentaba otras piedras en el  fogón, las cubría con trapos y nos las colocaba en los pies, para que “sudáramos la fiebre”. La crisis duraba como hora y media y nos dejaba muy debilitados. Al día siguiente a la misma hora, se repetía la escena. 

No había médicos en los alrededores. Papá tenía también el paludismo en estado avanzado y estaba postrado, para ese entonces tenía como 75 años. Mamá recorría grandes distancias, cruzaba 5 pasos de río y llegaba a un caserío casi en Barlovento, a buscar pastillas de Quinina, que no eran fáciles de conseguir. Regresaba con una pastilla para cada uno y no me explico cómo llegaba con las pastillas intactas, pues cuando iba a cruzar el rio, se las metía en la boca para no perderlas. Así con todo este esfuerzo y una decisión trascendental, logró salvar nuestras vidas.

Una mañana de invierno, con la determinación pintada en la cara, mamá decidió dejar Rio Grande. Yo era el mayor, tenía como 10 años. Alcancé a despedirme de papá.  También tú me dejas? -me dijo tomando mi mano. No tuve respuesta, apenas era un niño. Él estaba postrado con su enfermedad.

Mamá nos llevó a la orilla, el río estaba muy crecido, no era un río muy ancho, pero sí muy caudaloso y de aguas oscuras en invierno. Mamá tomó a mi hermano menor, de aproximadamente 3 años, se lo puso a la espalda, le ordenó que se agarrara bien y se lanzó al agua, la corriente se la llevó, nosotros observábamos con atención, hasta que la dejamos de ver en una vuelta del río. Como a la hora la vimos salir a la otra orilla, lejos de donde nosotros estábamos. Yo vi que puso a mi hermano en una piedra alejado del rio y le dio una nalgada por si se le ocurría bajarse. Entonces remontó la colina para calcular el sitio que le permitiera llegar donde estábamos nosotros, la perdí de vista y de repente, al rato, apareció por detrás. Tomó entonces a mi otro hermano e hizo la misma operación, lo dejó con el menor  y regresó por mí. Apenas se acercó, yo sin esperar me monté en su espalda, aunque yo sabía nadar, un rio en invierno es muy peligroso y trae troncos, y restos de las barrancas por donde va pasando. Yo calculo que todo el proceso no duró menos de 6 horas. Cuando todos estuvimos en la otra orilla, emprendimos la marcha a San José de Guaribe, a buscar a mi tío que tenía una tienda. Nos separaba una distancia de unos 25 Km, pero de terreno irregular, subidas, bajadas, terreno pantanoso. Nadie se atrevió a pedir alimento, caminamos hasta llegar al pueblo a las 2 de la mañana.  Ahhhhhh el olor del pueblo, que ricura, es una mezcla de ganado y tierra, es un olor indefinible pero maravilloso.

Siempre he pensado que debo mi vida a ése acto heroico de mamá. Si ella no nos hubiera sacado de allí, el paludismo nos hubiera matado.

En el pueblo mamá avisó que papá se había quedado, ella ya le tenía mucho resentimiento. Supe que un hermano de él se lo llevó a su casa en Valle e Guanape, donde lo visité cuando yo tenía como 14 años.  Ya estaba muy viejo, no veía  y estaba enfermo, su hermano no le prestaba cuidados, estaba prácticamente abandonado. Me reconoció, tocó la tela de mi pantalón (que me habían regalado en Caracas) y me dijo: es de casimir del bueno….  Fue la última vez  que lo ví.

Ya la vida en el pueblo era diferente, mas tranquila y mamá nos sostenía lavando y planchando ropa. Nosotros hacíamos mandados, y al poco tiempo, cuando yo tenía como 14 años, por una infección en la manzana de adán, me mandaron pa Caracas."

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