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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

16 de enero de 2016

Recordando al Abuelo (3)

Ya en Caracas, le tocó al abuelo defenderse solo. En aquellos tiempos era común que familias ayudaran a los muchachos campesinos a cambio de servicios domésticos.  Bajo esa figura llegó el Abuelo a una casa de gente amiga de su mamá. Ellos atendieron el problema de salud del abuelo y lo operaron.
Después de eso estuvo en dos casas más bajo la misma figura, hasta que se independizó y se fue a vivir a una pensión y empezó a trabajar en el antes llamado Matadero Caracas y luego en el Mercado de Coche.

Mientras tanto, estudiaba su primaria y luego su bachillerato nocturno en el Liceo Alcázar. Hago mención de esto porque una de las cosas admirables del Abuelo fue  sus deseo de superación. Nunca se adormeció, él pudo como otros tantos hombres de campo dejar los estudios y ocuparse unicamente de la subsistencia, pero él quería aprender y además tenía unas cualidades mentales y una  memoria maravillosas, al punto que era capaz de dar una clase de algun tema de bachillerato sin siquiera repasar, especialmente de las llamadas "tres marías".

En su vida en Caracas conoció a mi madre y me contaba que cuando yo llegué al mundo,  fui su mayor impulso para iniciar los estudios universitarios. Empezó entonces a estudiar Química Industrial en lo que ahora es el IUTIRLA. La Química fue su pasión. Era increíble como podía  recordar siempre y sin error las reacciones químicas, enlaces, valencias, tabla periódica, etc.

Quizás aquella experiencia del incendio de la casa, en conjunto con la profesión que escogió fue lo que hizo que se convirtiera en Inspector de Riesgos y luego en experto en Prevencion de Incendios,  materia de la que publicó un libro. Fué un hombre muy reconocido en ese campo por su excelencia y conocimientos. También dio clases y fue padrino de una promoción. A pesar de que le encantaba enseñar, no le gustaba mucho hacerlo a nivel académico. Prefería dar cursos.

El Llano se le quedó en la sangre. Sin ser llanero de nacimiento, amó ese entorno. Crecí en un hogar donde la música venezolana de todas la regiones se escuchaba a diario, donde se hacía tasajo en la cocina de un apartamento, donde se comía pisillo de venao o chigüire, donde no faltaba el casabe, donde se tocaba bandola, cuatro y maracas, donde se cantaba, donde se tomaban guarapos, donde se hacían fiestas, donde se escuchaban cuentos, cachos, donde se usaban chinchorros, donde nos contaban el Llano, donde lo único foráneo era la música que mis hermanos y yo escuchábamos en la adolescencia y que no pudo nunca suplantar la música nuestra.

Ya el abuelo no está,  y lamento tanto no haberle preguntado más!!! A veces me vienen dudas de su historia o de cualquier cosa y me quedo como desconcertada al darme cuenta que ya no puedo preguntarle nada. El abuelo siempre estuvo presente, con sus errores, con sus hábitos unos criticables y otros loables. Fue un hombre generoso, que trataba de ayudar a la gente, fue un buen padre y un excelente abuelo. Con frecuencia sorprendo en mí reacciones o pensamientos como los suyos, por eso sé que su esencia está aquí, con nosotros, en estas líneas y en nuestros corazones. Cuando me veo aprendiendo, reaccionado o pensando como él, recuerdo el poema de Pancho Valentía:

-¡Mi risa tu rabia muerde,
yo me burlé del destino;
no has hecho na, Luis Padrino,
mi raza ya no se pierde!-

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