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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

14 de diciembre de 2011

El Llano de Eneas Perdomo

EL LLANO DE ENEAS PERDOMO

Guillermo Jiménez Leal
Eneas Perdomo, el cantor del llano, deja tras su partida física una obra de música, poesía y auténtica llanería. La pluma que lanzó al mundo las criollitas Fiestas de Elorza y que colocó en las mejores voces del llano aquel Pescador del río Apure, obra de sus ñeros del alma, José Vicente Rojas y Omar Moreno; se nos ausentó, como en un vuelo infinito de gabán pionío. Aquella voz con timbre de metal noble, afinadísima y olorosa a mastranto llovido, sigue resonando en las almas amorosas de belleza profunda, de colores telúricos y de matices pueblerinos.

Había nacido en el Yagual, allá en Apure, en Julio de 1930. Desde joven, se inició en las artes musicales del llano, ejecutando el arpa, el cuatro y las maracas. Como le sucedía a todo músico del llano para esa época, su ejercicio artístico iba acompañado de la parranda, el baile y la caña. Músico y parrandero eran inevitables sinónimos. Así entró en el arte Eneas Perdomo. Cuentan que se distinguió como ejecutante de los tres instrumentos y que acompañó a legendarias figuras como el “Indio” Ignacio Figueredo, Marcelo Quinto, y Melecio García, entre otros. Algo lo jalaba desde la voz porque no tardó en consagrarse al canto; especialmente al pasaje. Algunos músicos que lo conocieron en sus inicios comentan esta inclinación a los aires suaves e intimistas, sin que por ello perdiera fuerza de arraigo en sus interpretaciones y sin que, de tiempo en tiempo, gritara un seis o un pajarillo. Parece que el brío de primas y tenoretes en el juego cuerdero del Indio, no era sentido por Eneas como propio de su temperamento; es como la diferencia entre una doma y un ordeño; entre un barajuste de potrón y un pasitrote de tardecita mirando la brisa en el palmar.

Hace algún tiempo, en un artículo sobre el canto, escribí: “Las personas entendidas en materia de estética musical, generalmente dividen a los intérpretes del canto en dos categorías: Los cantantes y los cantores. Cantantes son aquellos que –independientemente de su calidad vocal- ponen la obra –la canción- al servicio de la voz; esto quiere decir que para estas personas lo más importante en el acto interpretativo es la virtud vocal, dejando en segundo lugar el contenido –poético y musical- de la obra interpretada. Estos cantantes escogen el repertorio que –ellos creen- les va a asegurar el aplauso y la admiración del público. Su ideal, su objetivo, no es, en el fondo, otra cosa sino el cuadro de valores que recoge pasivamente cualquier persona mediatizada por el sistema mercantilista donde hacemos vida: la fama, el dinero, el poder. Los otros, los cantores; viven en un universo de diferente calidad. Su hábitat es como de otra dimensión. El cantor no ejerce su arte buscando éxito, aplauso, aprobación. El cantor es como los pájaros; canta porque sí, prístinamente. El cantor no se distingue por las virtudes vocales, sin embargo rara vez desafina. Es de acotar que muchos cantores alcanzan gran fama y notoriedad, pero, a diferencia de los cantantes, esa fama no es buscada, así como tampoco los vuelve tan ufanos como para perder la brújula”.

Eneas Perdomo es, sin lugar a dudas, el cantor del llano en toda la extensión de ambos sustantivos. Cantor, por la ya dicho; y del llano, porque escuchar su voz no es simplemente la degustación estética de una voz hermosa; sino y sobre todo, la asunción corporal de un universo literario y espiritual pleno de sentires, evocaciones, instancias, calores y colores cercanos a la tierra misma y sus vivencias auténticas; universo que renace en el alma de quien escucha, en una magia fresca y lozana.

Bueno es acentuar, a propósito de la personalidad que nos ocupa, el carácter parrandero de todo buen poeta, aquí en el llano. Muchas personas de mediana cultura, evocan con admiración el carácter bohemio de algunos poetas de otras latitudes, hoy día consagrados. Sin embargo, pareciera que el adjetivo criollo “parrandero” les suena como de menor altura intelectual que aquel referido a la bohemia –vocablo por lo demás importado-, como si esta última tuviera, realmente, algún distintivo, cualitativamente diferente. Pues sépase, que en los caseríos, pueblos y fundos del inmenso llano; los poetas han nutrido sus mejores versos con señeros lances en los que tierra, mujer, canto y hombre son una misma cosa, y donde brota y se mantiene un sabor único y profundo sin el que a la vida le falta sal y picardía, llámese como se llame esa experiencia. Así vivió Eneas cuando su salud se lo permitía y los resultados literarios y artísticos nos llenan de orgullo. Escuchemos algunas costumbres del fino poeta guariqueño Francisco Lazo Martí, narradas por Alberto Arvelo Torrealba: “En los hatos, madrugaba a montarse sobre los tranqueros de las majadas, para oír y gozar –copla y mugido- la faena musical del ordeño. Los atardeceres de verano, trémulos de polvaredas y chicharras, su figura presidía en las barriadas las alegres y bulliciosas cabalgatas pueblerinas. Sin rubor y sin poses, solidarios de las preferencias poblanas y labriegas, hacía lo que todos: gritaba en las galleras, tenía su cuerda de gallos con gallero propio, bailaba, jugaba dominó, en las fiestas rústicas, lo seducían las saetas alternativas de los juglares criollos, frecuentaba en el pueblo una humilde querencia y en los festejos no rehusaba una copa de fresca espuma nacional”.

Eneas representa esa confluencia de pueblo, alma, canto y tradición que bien expresa su paisano el poeta Marcos Hernández en remate de una décima, loando al coleo:

“Un pasaje de Perdomo
nos da la copla viajera;
aguardiente y polvareda
dibujan el filo ‘e lomo”.

 

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