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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

18 de noviembre de 2012

Navidades Sanfernandinas

Se acercan las fiestas navideñas, ¿qué mejor momento para recordar cómo celebraban antiguamente? Hoy, aunque algunas familias conservan las antiguas tradiciones, es cada vez menos frecuente  el contacto con las costumbres antiguas. La navidad se ha convertido en algo muy comercial y en pocas casas se tiene contacto real con la significación de ese día. Toda la atención se va en  fiestas, estrenos, regalos y adornos que dicho sea de paso, pertenecen a otras culturas. Vemos por todas partes, muñecos de nieve, San Nicolases, renos, cascanueces, guirnaldas, nieve, etc, todos ajenos a nuestro acervo cultural. Asimismo, en muchos hogares, los niños piden sus regalos a Santa en lugar que al Niño Jesús   y tenemos ahora hasta un viejito parecido  que llaman espíritu de la navidad. Por suerte el pesebre o nacimiento sigue teniendo un papel importante como simbología  católica y tradicional, así como nuestros platos típicos decembrinos.

Les ofrecemos a continuación, otro relato de Francisco Castillo Serrano, en su Ultimo Violín, donde se recuerdan las antiguas navidades sanfernardinas:

"En San Fernando, cercanos los dias de diciembre, comenzaban los preparativos de navidad y año  nuevo. 

En cada hogar se elegía un lugar de privilegio donde ubicar el nacimiento y meses antes, se coleccionaban objetos destinados a su decoración: ramas. conchas, figuritas de madera o cartón, espejos y animalitos componían los adornos de aquellos santuarios. Algunos –más fervientes- ocupaban todo el año en confeccionarlos, resaltando de los demás por su fastuosidad e imponencia. 

Las casas se blanqueaban y las mejores galas, “carne salá”, como les decían, se exponían al sol para despojarlos de los fuertes olores a baúl y naftalina y lucirlos en las celebraciones de cabo de año.

En estos tiempos, el firmamento se presenta limpio y profundamente azul, sólo contrastan a lo lejos las fugaces franjas níveas y púrpuras que dibujan las garzas en su frágil aletear. Los días se ofrecen frescos y cortos con noches prolongadas, induciendo al descanso o la parranda. La brisa matinal sopla a ráfagas sobre la ribera del río, cortejando al trovador trasnochado o al pescador certero que procura faenas. 

¡Solsticio de Invierno, cósmico ingenio oferente de tiempo para el reposo..! 

A partir del 16, las madrugadas se tornaban alegres y ruidosas. ¡Comenzaban las misas de aguinaldos..! La feligresía se agrupaba en comisiones y los “capitanes de misa” invitaban a su celebración, caravanas bulliciosas, música y pólvora, eran los signos de aquel jolgorio popular, que se sucedía para festejar el compromiso cristiano. En los alrededores de la iglesia, se vendían bebidas y comestibles ofrecidos por humildes señoras del pueblo. 

Con júbilo pascual y la emoción de nuestros tiempos de muchacho, saltábamos del chinchorro despertados por sonidos de campanas y el tronar de cañones que anunciaban la primera “misa de aguinaldo”. Ya en la media noche unos cantores callejeros de villancicos nos desvelaron con lo mejor de su repertorio, entonados al compás del afónico furruco, un cristalino cuatro y maracas bochincheras. 

 Soñamos con la nochebuena y vemos en la imaginación las sabrosas hallacas de “picadillo”, el dulce casabe de “La Negra”, y el vino generoso que nos alegra el espíritu para recibir con entusiasmo el advenimiento del mesías. 

Las misas de mayor animación fueron siempre la de los estudiantes, los chóferes y las Fuerzas Armadas, pero para los vecinos inmediatos a la iglesia, el intenso alboroto, los obligaba a compartir la comunión en todas. 

El primer llamado lo hacían los serenateros y las partidas de muchachos que recorrían las calles haciendo ruido, arrastrando metales y otros objetos, con el propósito de estimularnos a participar en la celebración eucarística. 

Una medida para garantizar la asistencia de esos mozalbetes a la cita mañanera, consistía en atarse la punta de un guaral a un dedo del pié, mientras el otro extremo se ajustaba a la ventana. Así, el primero en levantarse, presuroso, tiraba del cordel, armándose una verdadera legión de frenéticos alentadores de las madrugadas decembrinas.

Al clarear el día, quedaba atrás la pintoresca cita religiosa y, arropados por la túnica azul del firmamento, entusiasmados por la armonía de voces femeninas y gratas ocurrencias partían a pié grupos de amigos hasta la antigua plaza Libertad, buscando pasatiempo en aquel pulmón boscoso tupido de árboles con amplia fronda y apacibles caminerías.

Otros se dirigían al malecón, a contemplar el Apure en su viaje raudo y silencioso hacia la gran sabana de sal, y los más, emigraban a campos vecinos, pródigos en flores y aromas silvestres. En el volteo de Pancho, se apiñaban compadres y vecinos. Muy temprano, concluido el culto, marchaban de excursión a sitios abiertos en plena sabana, a cobijarse bajo la sombra de un árbol o a fundos de afectos, donde compartían hasta la tarde. 

Estos viajes se combinaban con transacciones comerciales como la compra de frutos y aditamentos para el negocio y las hallacas: carne, hojas, maíz pilao. 

El 24 de diciembre , desde la mañana y hasta media noche, recorría el poblado la comparsa melódica de Fernando Villalobos. Músico sencillo y grato que con populachera ingenuidad alegraba los hogares. Su grupo compuesto de cuatro, maracas, un cacho de res el cual hacía de charrasca y un furruco, adornado en la vera por una multicolora estrella de papel vibrante al trepidar sobre el cuero y ejecutado por el propio Villalobos. Coro de hombres y versos improvisados se obsequiaban a quienes presenciaban aquella humilde cantata, espontánea, parida de la bondadosa sencillez pueblerina. 

En nochebuena, Pancho y su violín, acompañado de sus hijos, entonaban aguinaldos que a coro tarareaban los presentes; la familia permanecía unida, esperando el nacimiento de Jesús, anunciado por el repique de campanas e invitaba a la “misa de gallo” .

Y el 31, fue costumbre hasta hace poco que la ciudad se preparara, el gobierno circulaba invitaciones para recibir junto a ella el nuevo año en la vieja catedral; a media noche se ofrecía un te deum y el Batallón Guaicaipuro disparaba doce salvas de cañón, el pueblo se abrazaba emocionado y la Banda del Estado estrenaba repertorio en la Plaza Bolívar. Posteriormente se visitaban los enfermos, llevando parabienes, las fiestas se prolongaban hasta tarde, solo el sueño y el cansancio las vencían, mientras la plácida luna mostraba su claror nacarado y el dosel estelar anunciaba el sol radiante en el nuevo amanecer.
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