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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

6 de agosto de 2012

Las Creencias Apureñas (2)

Continuamos con las Creencias plasmadas por el profesor Hugo Arana Páez en su trabajo denominado: APURE: TIERRA DE LEYENDAS, CREENCIAS, FANTASMAS, ENTIERROS,  APARATOS Y CUENTOS. 
          
¿Con quién vamos? 
Creencia popular de los bongueros y  Chicharroneros apureños de mediados del siglo XX, quienes invitaban  a Dios para que los acompañara en  sus travesías y poder enfrentar exitosamente los riesgos a que se exponían. Los que no lo hacían corrían con la mala suerte de sufrir serios percances.

Se nos quedó El Viejito
No es casual que el primer capítulo de la novela Doña Bárbara su autor lo haya  titulado  ¿Con quién vamos? y es que hasta mediados del siglo veinte, los bongueros y chicharroneros apureños cuando se aventuraban en las aguas de los bravíos ríos llaneros; los marineros o bogas  preguntaban al patrón o espadillero:
 ¿Con quién vamos?  
Y éste les respondía:
  –Con Dios y la virgen-  
 En pocas ocasiones, cuando se les olvidaba formular la pregunta de rigor y habiendo navegado algún trecho; alguno de los marineros o el patrón, se acordaba del Viejito y súbitamente exclamaba ¡Muchachos vamos a regresarnos, que se nos quedó el Viejito!   Inmediatamente enrumbaban la nave al puerto de origen, para  hacer la acostumbrada pregunta y reiniciar el viaje, confiados esta vez en que la providencia los conduciría a su destino sin ningún inconveniente. Es que el Viejito era Dios, el pasajero más importante de la embarcación.  

En Apure hasta finales de la década de los años cuarenta del siglo veinte, había la creencia de que los marineros y el patrón debían solicitar la compañía de Dios en sus  embarcaciones, a quien apodaban respetuosamente El Viejito,  en caso contrario, la nave, su tripulación y pasajeros podían naufragar. El patrón del bongo que llevaba a Santos Luzardo de San Fernando, navegando por el Apure hasta el río Arauca; conversaba con el patiquín, cuando repentinamente fue interrumpido por  uno de los palanqueros, para advertirle:

 …   “¡Vamos solos, patrón!  
-Es verdad, muchachos. Hasta eso es obra del condenado Brujeador. Boguen para tierra otra vuelta.
-¿Qué pasa? – inquirió Luzardo.
-Que se nos ha quedado el Viejito en tierra.
Regresó el bongo al punto de partida. Puso de nuevo el patrón rumbo  afuera, a tiempo que preguntaba, alzando la voz.
-¿Con quién vamos?
-¡Con Dios!- respondieron los palanqueros.
-¡Y con la Virgen!- agregó él. Y luego a Luzardo -. Ese era el Viejito, que se nos había quedado en tierra. Por estos ríos llaneros cuando se abandona  la orilla, hay que salir siempre con Dios. Son muchos los peligros  de trambucarse y si el Viejito  no va en el bongo, el bonguero no va tranquilo. Porque el caimán acecha  sin que se le vea ni el aguaje  y el temblador y la raya  están siempre  a la parada  y el cardumen de los zamuritos  y de los caribes, que dejan a un cristiano en los puros huesos, Antes De que se puedan nombrar las Tres Divinas Personas”… (1) 
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(1)     GALLEGOS, Rómulo   Doña Bárbara, Págs. 43-44.

¿Con quien vamos?
¡Vamos con Dios!

Sobre un río de recuerdos
cruza mi bongo de versos,
el "Viejito" va en la borda
¡Aguáitelo, compañero!
Germán Fleitas Beroes 

 
El Bongo del Diablo
Rómulo Gallegos en Cantaclaro, en el capítulo nombrado Al Abrigo de las matas, pone en labios de Florentino Coronado  narrar a Crisanto Báez, apodado El Baquiano,  lo que le ocurrió a un enfurecido bonguero, que sin razón empezó a blasfemar y cómo fue víctima de los designios del maligno…. “Una vez que se me había mancado el caballo en una bomba de medanal y no llevaba remonta, como iba costeando el monte del Arauca  al paso cojitranco de mi bestia, escuché que venía un bongo remontando. Atravesé el monte  y caí a la playa junto a una vuelta del río. Era punto de mediodía, estaba la playa silencia bajo el reventadero de sol y solo se escuchaba, detrás de la vuelta, el ruido de los pasos de los palanqueros del bongó:      tam.....tam....tam..... -Cuentan que un día un bonguero maldiciente, al separarse de la orilla en aquel sitio, cuando los palanqueros le preguntaron   -¿Con quién vamos?-     y que en vez de responderles: -Con Dios- les contestó:   -Con el Diablo—Y dice el cuento que allí mismo empezó a hundirse el bongo, como si llevara un gran peso a bordo, al mismo tiempo que los palanqueros no encontraban fondo y la espadilla no le obedecía a la mano del patrón, que no por eso dejaba de maldecir, hasta que reventó a bordo una gran carcajada de un pasajero invisible, que era el Diablo, con cuyo peso se estaba hundiendo la embarcación, como allí mismo se trambucó y desapareció en el agua, con todo patrón y palanqueros. Y como esto y que sucedió a punto de mediodía, a esa hora se escuchaba siempre el bongo del Diablo  remontando detrás de aquella vuelta. Yo entonces no conocía el pasaje y allí estaría todavía esperando el bongo, si una voz no me dice, cuando ya me disponía a quitarle el apero al caballo:   -“No desensille joven”.  Volví la cabeza, busqué  por todas partes y no vi a nadie por todo aquello, ni en la playa, ni en el monte. A mí no me asustan los espantos cuando se me aparecen de noche, pero si me salen de día todo el cuerpo se me descompone. Sin embargo, haciendo de tripas corazón, comencé a aflojarle la cincha al caballo, para soltarlo allí mismo, ya que para nada me servía y seguir mi viaje en el bongo. No había hecho sino agacharme cuando vuelvo a escuchar  entonces ya no como quien aconseja, sino como quien manda:    -“No desensille, le digo”.           (2)
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(2)        GALLEGOS, Rómulo    Cantaclaro,  Págs. 24-25



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