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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

14 de septiembre de 2012

Los Cuentos Fantasmales Apureños

A continuación les ofrecemos otro  de los temas tratados por el Profesor Hugo Arana Páez, en su escrito APURE: TIERRA DE LEYENDAS, CREENCIAS, FANTASMAS, ENTIERROS,  APARATOS Y CUENTOS. 

EL CUENTO:
 El cuento es un texto narrativo que se caracteriza por ser breve. Su trama es sencilla, los personajes no son descritos detalladamente, sino en forma esquemática. Está estructurado en tres partes: 
  • Inicio: en el que se presentan los personajes y se plantea un problema, 
  • Desarrollo o Nudo: donde la acción llega a su máxima intensidad y 
  • Desenlace: parte en que se resuelve el problema.
 En el cuento fantasmal llanero destacan cuatro venezolanos (un caraqueño, un barinés, un oriental y un apureño): Rómulo Gallegos, Alberto Arvelo Torrealba, Miguel Otero Silva y Antonio José Torrealba. 

RÓMULO GALLEGOS
Florentino, Don Manuel Mirabal y el muerto del rancho a orillas del Cunaviche:
El baquiano le pregunta a Florentino…“¿Conoce a Don Manuel Mirabal?
 -De referencias
 -Entonces ya habrá oído decir que ese viejo no es amigo de conversar zoquetadas, ni de los que se les enfría el guarapo así como asina. Sin embargo, yo le he escuchado este pasaje. Venia él de Cunaviche arriba, en bongo, con la señora y dos de sus hijas y en llegando a una vuelta del río donde se veían unas fundaciones, que eran las de Hato Viejo Payareño, ya abandonao pa´ entonces y que le dijo al patrón que atracara pa´ pernoctar allí. El patrón y que le respondió, que mejor era seguir más alantíco, pero él y que se empeñó en quedarse allí.

Bueno. Desembarcaron, hicieron su comida y cuando oscureció del todo, se acomodaron donde ya habían colgao, que era una casa desocupá y medio en ruinas. Apenas y que estaban pellizcando el sueño cuando y que pegan un leco las muchachas. Corre pa allá don Manuel y ellas le explican que un hombre, alto él, blanco, de barba negra muy cerrá, bien vestido y calzao y con espuelas de plata, les había sacudido el chichorro por las cabuyeras. Don Manuel y que las regañó y les dijo que eso lo habrían soñao porque estando a oscuras no habían podido verlo como lo pintaban y después de haber registrado el cuarto por si acaso, se volvió pa el suyo y se acostó. No había pasado media hora cuando y que fue la señora la que pegó el leco. Vuelta a levantarse don Manuel, vuelta la misma explicación que habían ya dao las muchachas y vuelta a acostarse. Bueno ya estaba cogiendo el sueño cuando y que le tocan a la puerta:

Tun, tun. ¿Quién es?
-Yo, don Manuel, El patrón
-¿Qué se le ofrece? 
 -Decirle que ya estamos listos. 
 -¿Cómo listos? Si le dije que saldríamos de madrugada y no es medianoche siquiera. 
 -¡Guá, Don Manuel ¡ ¿No fue usted mismo a despertarnos para que saliéramos en seguida? 
-¿yo?
 -Usté, don Manuel. Me jamaquió el bongo y me dijo “! Aleee arriba, arriba, patrón, que nos vamos ya! 
Don Manuel Mirabal al oír esto ya no le quedaron ganas de esperar a que amaneciera, sino que allí mismo dispertó a la familia y siguió su viaje, Cunaviche abajo. 
-No era para menos- observó Florentino, aunque sin haberle hallado mayor interés a la conseja y el baquiano concluye:
-Y como ese, muchos otros pasajes de un blanco que y que se aparece por allí cuando llegan forasteros y los hace seguir su marcha sin dejarlos descansá. Y todos dan las mismas señas: un blanco, alto él, de buen plantaje, barba negra cerrá, pero no larga, bien vestío y calzao, con polainas de patente y espuelas de plata”… Cantaclaro, Págs. 16-28 6.2. 

ALBERTO ARVELO TORREALBA
 El Recién Nacido que Comía Carne :
Escribe su hijo, Alberto Arvelo Ramos, quien transcribió el cuento hasta ahora inédito: “Le gustaban la forma, la contundencia oscura, el deleite del miedo. Jamás los contaba de día. Jamás sin la correcta escenografía: un corredor de una casa o casucha -preferiblemente si estaba en ruinas- con coro de hombres y mujeres, puesto las sillas contra la pared, “para proteger las espaldas”. …"Esa vigorosa manifestación del arte popular, que yo sepa, nadie ha intentado recopilarla. Le propuse que hiciésemos una antología de cuentos de muertos. En fin de cuentas, con la enorme memoria de mi padre, ya la investigación estaba hecha. Tenía grabado en su disco duro, como un centenar de cuentos de este género. Negó rotundamente considerar esa “chata antología”. No fue por falta de tiempo. Su gusto era decirlos en voz baja, silbar y ulular, en los momentos justos del escalofrio. Me arrepiento de no haberlos grabado. Este cuento lo garrapateé en una bolsa de papel en la casa de Plinio Musso en Barinas. 

En los tiempos de mi abuelo, al sur del Paguey, había un gran hato, que tenia de longitud como siete leguas. En los tiempos de los trabajos, se iban algunos llaneros con un caporal, a un ranchito deshabitado, casi en ruinas, que queda como a siete horas de distancia de la casa mayor del hato. Allí permanecían algunos días. Una noche, tras un día de mucho trabajo, mala comida y ninguna mujer, les despertó: un ñeee, ñeee, el llanto de un niño recién nacido. Tuvieron escalofríos de miedo. No vivía nadie en muchas leguas a la redonda. ¿Quién podría haber llegado, sigiloso, a traer el niño, sin alborotar los perros? .  A la luz tenue de las lámparas de querosén, encontraron a un niño recién nacido, envuelto en sabanas blancas. De inmediato los llaneros lo metieron al en la choza, lo acostaron en un chinchorro. Y, en grupo, en torno suyo, se pusieron a buscarle parecido. A imaginarse a la madre o al padre. El llanto seguía ininterrumpido, desesperado.
 -Se está muriendo de hambre.
 -Hagamos los preparativos para que esta misma noche alguien se lo lleve hasta donde haya mujeres. -La casa más cercana con mujeres está a seis horas de camino. 
-Se puede morir en el camino........ Hay que ordeñarle alguna vaca, darle algo de leche antes de que se vaya. 
El niño los miro uno a uno. Los ojos suyos comprendían todo. Abrió la boca de par en par, mostró dos filas de colmillos agudos y dijo, en voz baja y nasal: -¿Leche con estos dientes?”…  ARVELO RAMOS, Alberto Entrevista a Alberto Arvelo Torrealba, El Nacional. Papel literario, 16-9- 2006. 6.3. 

ANTONIO JOSÉ TORREALBA
 El Ánima que salvó a Ño Magdaleno 
Este cuento del cunavichero Antonio José Torrealba, está referido a un personaje mítico, que el autor nombró Ño Magdaleno, a quien le suceden cosas extrañas como le ocurre a todo personaje fabuloso. 

A este personaje, siempre lo salva la providencia de los innumerables peligros, al que la bravía llanura constantemente pone a prueba su valor y su malicia. …. “Aquí terminó Ño Magdaleno uno de sus famosos cuentos. Que todos sabemos que son verdad como es cierto también que todas estas aventuras venían contra su vida y en la única vez que estuvo más lejos de la muerte fue en esta vez.

La primera vaina que llevó Ñó Magdaleno, la llevó en el Banco de Jobito el mismo día que Don Bonifacio mató a Juan Montezuma. La batalla empezó en Palmarito y en Jobito se engrosó tanto que Ño Magdaleno recibió un tiro de trabuco en la cara y otro en la espalda y cayó boca abajo en un lado del camino. La batalla cesó; los godos perdieron y cuando salieron a recorrer el campo, los federales que iban pasando por el camino, por donde estaban los cadáveres, le pegaban un lanzazo, cuando llegaron donde estaba Ño Magdaleno cada uno lo fue hiriendo para ver si estaba muerto, sí estaba en ese momento porque no se movía nada, todo el que pasaba lo hería con la lanza y así hasta que pasó el último. Cerró la noche volvió a la vida, pero tenía la cara hinchada y los ojos completamente hinchados por el Sol y el tiro. 

Él refiere lo siguiente: Cuando volví en mí me habló una voz femenina y me dijo, toma la punta de esta varita, quiero llevarte a lugar de salvamento, ponerte en lugar seguro, tu eres muy bueno con nosotras y quiero serte útil por esta vez. No le quiso decir su nombre, dice que a pesar de haber botado tanta sangre por las cincuenta y tres heridas de lanza, sin contar los dos trabucazos recibidos en la cara y en la espalda, se sentía fuerte y con ánimo para caminar, aquella noche, así no estaba tan herido, recorrió una distancia de tres leguas, en el camino dice que le dio agua porque la sed lo mataba, no supo por donde fue que lo trajo porque el camino real no tiene laguna en su trayecto; él dice que ni en lo que le dio agua le pudo tocar ningún dedo, le dio de beber en unas ollitas de mono, después sintió que desviaron el camino un poco, siguieron al lado derecho, no anduvieron muy lejos sin encontrar una cerca de alambre; la mujer le dijo hasta aquí te traigo Magdaleno, no te sueltes de esta empalizada porque puedes perderte, no tardarán en venirte a buscar. Yo le aclaré que me acabara de hacer el servicio de llevarme al poblado pero no lo conseguí, me dijo que la era prohibido pasar por el pueblo , era un ser inexistente y no podía pasar más adelante, aquella empalizada era la del cementerio y allí estaba su casa que ella había hecho aquello porque él era devoto de las ánimas y de la cruz, que no tuviera miedo porque nada le pasaria; terminó diciéndole que ella era el ánima de un cadáver que él había recogido en estado de putrefacción de una mujer ahogada. Y que había hecho todos los gastos hasta darle cristiana sepultura, por eso y tantas cosas se le había dado permiso para venirlo a ayudar en aquel trance que tanto lo necesitaba. La mujer se despidió para siempre, al cabo de una hora vino al cementerio un entierro acompañado de mucha gente y todos eran amigos de él. Magdaleno fue recogido, lo llevaron a su casa donde fue curado, en las heridas de la cara tenía gusanos pero todavía muy pequeños. Las heridas las tenía de las corvas para arriba; si vamos a decir verdad, debemos decir que las heridas de la espalada, las más profundas eran las de las nalgas, así fue que en menor tiempo del que él necesitaba para curarse lo puso bueno Don Dámaso Estanca. Torrealba Antonio José Diario de un llanero, Cuaderno 11, Tomo 1, Pág. 187. 
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