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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

28 de marzo de 2016

La Ultima tarde del Poeta Arvelo - Caminos que Andan

Remanso en el Río La Portuguesa
 Publicado originalmente el 28/06/2011

Antes de adentrarnos en la esencia de esta obra en prosa del poeta Arvelo, la cual estuvo afinando hasta el día de su muerte, y que constituye en realidad un valioso documento para el desarrollo del país, bajo la visión conservacionista y futurista del poeta; queremos transcribir parte de la emotiva introducción, denominada LA ULTIMA TARDE DEL POETA, de Carlos Augusto León, quien tuvo parte activa en el resultado final de esta publicación, y que nos ubica en el sentido y motivación de este libro, hoy casi imposible de conseguir.

…..”Ahora, ayer, fui a entregarle las fotos de aquel día. Sonrió de buena gana al ver su propio rostro sonriente junto a nuestras sonrisas. Algo había acontecido desde el encuentro anterior. Me contó las malas nuevas de su enfermedad, pero al parecer, me dijo, iban pasando. Sentado en su lecho me habló de su libro “Caminos que andan” que reeditará la Gobernación de Barinas. “Un libro que “se quedó” en La Paz y ahora vuelve a Venezuela”, dijo. Tenía que revisarlo. Ya faltaba poco. Me pidió que le leyese algunos capítulos. “Tengo que entregarlo pronto a los barineses-me dijo-, hay dos o tres capítulos, hasta el cinco, que me gustaría corregir…. Tú sabes, me doy cuenta de que con pequeñas cosas ganarían mucho”. Le hablé de su oficio: “eso pasa, le dije, cuando se tiene tu oficio: se puede volver a las viejas cosas y mejorarlas con un toque nuevo".

A petición suya, leí primero el prólogo. En éste, que da el tono del libro, se expresan conceptos de geografía humana en –no podia ser de otro modo- un lenguaje cargado de poesía. “Lo mío para los ríos - me comentaba antes - es cosa de herencia… Mi padre era cauchero, por el Santo Domingo bajaba al Masparro, de éste pasaba al Apure y del Apure al Orinoco y se remontaba el río hasta San Fernando de Atabapo y luego se metía en curiaras por la selva. Entre quienes lo acompañaban iba Arvelo Larriva”. Me habló de su infancia fluvial. Era buen nadador. Una vez ganó un concurso de natacion. “El premio eran unos colgaderos muy bonitos. Y el que lo daba me dijo: usted aprendió a nadar en “chorreras”. “¿Y como lo sabe?”, “Porque el que aprende a nadar así, nada con el pecho afuera…” luego leí unas cartas que complementan el prólogo” siempre en inevitable tono poético…”

Busca ahí, en esos legajos, en el rosado, un capítulo que se llama Palabras olvidadas en el Prologo. Quiero que me lo leas. En primer lugar, no me gusta el título…”  Le propuse uno “con cierto aire clásico”, como Acerca de cosas olvidadas en el Prólogo. “De una vez queda aceptado” dijo con aquel aire serio, mas cordial, que adoptaba a veces. “ahora lee”.

Yo leía, del mejor modo posible. Alberto se había reclinado en el lecho y me escuchaba con profunda atención. Ya antes cuando estaba sentado, me habia preocupado ver su emoción, el temblor de la voz, los ojos que se le humedecían. Temía yo herirlo, sacudir su organismo debilitado. Por eso de pronto, adoptaba en mi lectura un tono mas seco, soslayando mi propia emoción.

Me faltan epígrafes para el capítulo del incendio….Búscamelos en Gallegos, en Doña Bárbara o Cantaclaro"

Al comentar el libro, hablamos de los ríos. Me contó sus proezas de canoero y de piloto. “En el Beni yo manejaba la lancha, con cinco embajadores”. O bien: “Hay una “suerte” de canoero que yo sabía hacer y que consiste en recorrer la canoa de un extremo a otro a todo lo largo, y volver de nuevo corriendo hasta el extremo inicial, con lo cual se gana mucho espacio…” “Cada uno va a lo que le gusta. A mi hermano le gustaban los toros y resultó ´coleador´, a mí me ha gustado siempre el agua”. Y a propósito de agua y potros: “Me gustaba irme al hato de mi tío y esperar que se pusiera el aguacero y luego cuando empezaba a llover, me iba a la caballeriza, me quitaba la ropa, montaba un potro en pelo y me echaba a correr, a galope por el llano…. de aquello por cierto salió un soneto, comentó. Y con su maravillosa memoria de siempre, “los tercetos dicen…”-los recitó en su tono lento, profundo, grato. Luego las cuartetas.

Cuando mejore pienso trabajar esos capítulos…. Raúl (Ramos Calles, su cuñado, nota CAL) me ha dicho que no puedo mejorar mientras no salga ese libro… No te olvides de los epígrafes. Y corregiremos juntos las pruebas de página”.

Todo podía ser una charla en un día cualquiera, de un poeta que vive para su obra; de un poeta que gusta de bromear y de contar y añorar. Pero yo no imaginaba que aquella que había pasado ayer, a su lado, era la última tarde de Alberto. Que ya no lo oiría más. Murió hoy al amanecer.

Tiempo habrá de aquilatar su poesía clasica y popular, más aún de cómo se ha hecho. 
Carlos Augusto León

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