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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

11 de marzo de 2012

Esquinas San Fernardinas

ANCESTRALES ESQUINAS DE SAN FERNANDO DE APURE: LA BOTICA DEL LLANO  Y   LAS GRADILLAS.       
 Hugo Rafael Arana Páez

              Siendo la toponimia un factor de identidad y pertenencia de los pueblos, no obstante, los nombres de las esquinas de la capital del llano venezolano han desaparecido. Lugares  que otrora fueron referencia obligada de los sanfernandinos no se hallan debidamente identificados. En ese sentido, el objetivo de este trabajo es un alerta a las nuevas generaciones, para que  asuman la responsabilidad de  rescatar este patrimonio intangible de la zona histórica de la ciudad, como fueron (entre cincuenta más), los nombres de las esquinas La Botica del llano y Las Gradillas.   
  
Esquina La Botica del llano.  Calle Comercio cruce con calle Miranda
La Botica del Llano. Fotografía. Fundación Cultural Italo Decanio D´Amico
A comienzos del siglo veinte había un personaje llamado Don José Leonardo Estrada, quien por los caminos polvorientos del llano apureño, iba de un lugar a otro,  llevando entre su equipaje los elementales principios  de la química  y un viejo mortero para preparar  medicamentos cuando el caso lo requería.  En la población de San Rafael de Atamaica conoce  a Don Jesús Cedeño, con quien se asocia para montar el año 1912 una pionera y popular botica en San Fernando, que se llamaría La Botica del llano,  la cual giraría bajo la firma comercial Estrada-Cedeño. El lugar  donde la fundaron, era el local que ocupó después en sus inicios,  la ferretería de Don Cristóbal Azuaje, en la calle Comercio.  En esa botica  la gente hallaba alivio a sus males, por cuanto, sus boticarios preparaban las fórmulas médicas específicas que en un récipe había garrapateado algún médico de guardia del viejo Hospital de La Caridad (a partir de 1930 se llamaría Hospital Pablo Acosta Ortiz). Un buen día Don José Leonardo, decide venderle su parte a Don Jesús Cedeño, expresándole  "yo te dejo toda la clientela y de paso la botica". Don Jesús acepta y decide mudarse para la esquina de enfrente, una casa similar, de tejas y adobe, donde instalaría su negocio de medicinas.

 ...."La Botica del llano   muda sus materiales, sus viejos andamiajes y sus enormes frascos y esencias. Esta botica estuvo muchos años ubicada en las esquinas de la Calle Miranda cruce con Comercio, donde posteriormente el comerciante Manuel Chang  construyó un edificio  donde funcionó un hotel, llamado Hotel Capri"..... (1). 
 
En ese negocio se iniciaron como auxiliares de farmacia renombrados boticarios apureños que Don Jesús Cedeño, con sabia paciencia les había enseñado el arte de preparar excelentes fórmulas, aunque el mercado ya estaba patentado, no obstante les enseñó la medicina de matraz y mortero y la preparación en milésimas de gramos de las formulas médicas. En fin, este Sanrafaeleño formó un personal de farmacia bien capacitado, como Don Pedro Segundo Salas, Don Jorge Enrique Zerpa, el Negro Soto, a sus sobrinos Aniceto y José Cuervo y al negro Manuel Orellana. Esta botica, al morir Don Jesús, fue comprada por Don Pedro Segundo Salas, quien después la registraría como farmacia y droguería   Botica Central, que funcionaría en la calle Comercio cruce con  24 de Julio, frente a la Plaza Independencia. Al morir Don Jesús la farmacopea entró en la era de los medicamentos patentados como el Cafenol (la aspirina de entonces), producido por poderosos laboratorios transnacionales; desde entonces los pacientes se olvidaron de las medicinas preparadas por aquellos viejos boticarios.  La Botica del Llano, funcionó hasta principios de la década de los años cincuenta del siglo veinte, en una vieja casona de enormes portones de madera, paredes de adobe y hermoso techo de tejas, que le dio nombre a una conocida esquina de la zona histórica de San Fernando, como allá en Caracas, La Botica de Velásquez, en la Esquina de Velásquez, aquí fue La Esquina de la Botica del llano. 

Pulpería Las Gradillas. Imagen: Fotografía. Fundación Cultural Italo D. DÁmico
 
Esquina Las Gradillas. Calle Ricaurte con calle Sucre

Refiere Pedro Laprea Sifontes (El Cronista lugareño), que en la esquina formada por la intersección de las calles Sucre y Ricaurte,  existía a comienzos del siglo veinte, una solariega casona de adobe, anchos portones de madera y techo de tejas, donde funcionaba una pulpería llamada  Las Gradillas, propiedad de Don Pedro Vicente Cuenca, quien se estableció en el lugar en el año 1908. No se sabe el origen del nombre del conocido lugar; bien pudiera ser una réplica de la caraqueñísima esquina de Las Gradillas (situada al Sureste de la Plaza Bolívar de la capital de la República), en donde se reunían los Patiquines y Cucarachones de finales  del siglo XIX y principios del XX, para Florear (galantear) a las damas cuando salían de  las misas dominicales de la catedral de la ciudad en tiempos de Guzmán Blanco, Castro y Gómez. Aquí en San Fernando, Cuenca estableció su negocito de víveres al detal, donde los vecinos hacían sus compras diarias, sin hacer mayores comentarios acerca del nombre de su pulpería Las Gradillas. Después estuvo un señor llamado Roque Marchena con su empleado Leonardo Aponte, apodado cariñosamente El Chingo. La entrada principal de la casa estaba representada por un enorme y resistente portón de gruesa madera, el cual estaba ubicado por la calle Ricaurte.  Esta  edificación  fungía  como  residencia  familiar  y  negocio,  el  cual  estaba precisamente en la esquina y  como toda pulpería tenía hacia la calle principal (calle Sucre) dos portones y  uno por la transversal (Ricaurte). En esa vieja casona funcionó la desaparecida Comisión Nacional de Abastecimiento, una especie de MERCAL, con la finalidad de vender los productos  de la dieta básica a un precio menor que el establecido en el mercado local. Fue en el año 1947 que el comerciante Rafael  Requena, apodado Rollón, compra la casa a la viuda de Don Esteban Vivas.  

... "Posteriormente Rafael Requena compró a la viuda de don Esteban Vivas. Para esa época vivían allí Esteban Vivas  (Estebita) y Santiago Bravo, quienes  se alzaron con la casa, y Requena para posesionarse de la misma tuvo necesidad de dirigirse a Don Rafael Bolívar, con el encargo de que le hiciera una carta al Prefecto de la época, que era el coronel Ángel R. Mora. Éste al leer la carta conminó a Bravo y a Estebita a desocupar la vivienda, quienes llamaron a Requena y se la entregaron"...  (2)   

           Frente a Las Gradillas, estuvo la residencia del Bachiller Miguel Ángel Escalante, quien  fundaría allí el  Colegio Miranda, que años más  tarde se convertiría en  el  Liceo Francisco Lazo Martí, el cual se instalaría  primero en una casona ubicada en el cruce de  las calles Bolívar  con calle Arévalo González. Fue Don Rafael Requena, quien con su pintoresca personalidad le dio brillo y vida al negocio, al que por tradición conservó su nombre y hasta la registró legalmente como  Las Gradillas.  A la muerte de su esposa, Requena tuvo que abandonar la casa y entregarla a René Díaz quien la conserva hasta ahora tal como era. Requena se muda de esa esquina  el 25 de abril de 1975 y se establece con su pulpería a la que también bautizaría  Las Gradillas, en el cruce de las Calles Aramendi  con Coto Paúl, cerca de la capilla Virgen del Valle. Allí continuó vendiendo queso, casabe La Negra, chucherías, tabaco en rama, frijoles, alpargatas Pascuenses o Villacuranas, confeccionadas en suela y capellá de pabilo negro.  Requena fue un genuino pulpero llanero que ya no está entre nosotros y que con su modesto negocio de víveres Las Gradillas, dio nombre a una conocida esquina de la ciudad.

  Pulperías que hasta mediados del siglo veinte, dieron nombre a algunas esquinas de San Fernando:
             Franco Castillo Serrano en su obra El último violín, al referirse a la pulpería  La Aragüeña, propiedad de su padre, Don Pancho Castillo, menciona una larga lista de estos negocios en San Fernando a principios del siglo veinte, así como sus direcciones y nombres de sus propietarios.
… "Las Gradillas de Rafael Requema, en el cruce de las calles Ricaurte y Sucre; La Colmena de Don Chicho García, en el cruce de las calles 19 de abril y 24 de julio; La Zapoara, La Época, La Aragüeña de Pancho Castillo, en el cruce de las calles Palo Fuerte con Páez, Verdún del teniente Pérez Prieto, en el cruce de las calles 24 de Julio con Páez, La Siempre Viva de Lique Delgado en el cruce de las calles Páez  con  Girardot,  La Chinera,  del Mocho Veloz, en la calle 24 de Julio entre calles Sucre y Páez; Mi Cabaña,  que le daba el nombre al Puerto Mi Cabaña, en el cruce de las calles Páez con La Miel; La Espiga de Oro, de Ángel María Aquino, en el cruce de las calles Independencia con Páez, El Pabellón del Pueblo, de Don Rafael Tirado, ubicada en el cruce de las calles Municipal con Chimborazo, La Vencedora de don Telésforo Pérez, en el Barrio Perro Seco,  El Gallo de Oro del mismo Ángel María Aquino en la calle Comercio entre Calles Fonseca (hoy Boulevard) y Arévalo González"...(3)   

                     "Según una publicación del periódico Letras  en su edición del 4 de septiembre de 1933, aparece una lista de precios de los insumos que regían en el Mercado Libre,  ubicado en esa época  entre  las calles  Comercio y 19 de abril, éste era un pasaje que conectaba a ambas calles y a ambos lados del mismo, se hallaban los puestos de venta. Edgard Decanio en su obra Repuntes II el San Fernando de ayer, detalla esa lista de precios, la cual regía para el Mercado Municipal y las pulperías." 
                          …"Arroz blanco, queso blanco llanero, café en grano, café molido (artesanalmente), Frijoles bayos, frijoles blancos, papas, cebollas, casabe, carne fresca, carne salada o tasajo, aguardiente, ron, cocuy, cerdo, huesos de cochino, chicharrones, jabón amarillo o de la tierra, leche fresca, azúcar refinada, azúcar moscabada, panela de dulce o papelón, chigüire, tortugas grandes, maíz pilado, pescado Dorado, Bagre, arencas, manteca"… (4)
Citando también a Ramón Oviedo en su obra Sabaneando mis recuerdos, se mencionan  los precios de venta de algunos rubros para el año 1945.

            … "Un kilogramo de carne res Bs. 1,45 Una panela dulce (1 kg) 0,25 Medio kilogramo de carne y un kilogramo de hueso Bs. 1,37 Un kilogramo de verdura (yuca, topocho y ocumo) Bs. 0,50  Una panela  de  jabón  (de  la  tierra  o  amarillo)  Bs.  0,25 Un kilogramo de manteca vegetal Bs. 3,00 Un Kilogramo de azúcar Bs. 1,00 Un kilogramo de arroz Bs. 2,00 Un kilogramo de papas Bs. 1,00 Un Kilogramo de Cebolla Bs. 2,00 Un Galón de aceite (3,785 Litros) Bs. 13,00 Una lata de Kerosene (18litros) Bs. 3,00 Una lata de Creolina (1/2 litro) Bs. 2,00 Un Kilogramo de frijol  Bs. 1,00"... (5
                           
            "En este trabajo se ha reseñado como fueron los inicios de la farmacopea en la capital del Estado Apure. Cómo eran las ancestrales  boticas,  ahora llamadas farmacias; negocios incómodos y fríos; donde el paciente, es visto como un cliente más, como un número más de cédula. Estas farmacias, son ostentosos negocios, ligados a poderosos laboratorios transnacionales, que amén de vender medicinas, expenden cualquier baratija (peluches, chucherías, refrescos, joyas, etc.), al punto, que el desesperado paciente que anda en busca de aliviar sus quebrantos de salud, no sabe si se metió en un supermercado o una quincalla.

            También se ha descrito lo que fue la Esquina Las Gradillas; donde estuvo durante muchos años una ancestral y bien surtida pulpería, la cual dio nombre a esa esquina. Seguramente que en ese negocio, el sudoroso andariego de entonces, hallaría    un rato de solaz. Entonces, las pulperías eran lugares donde los transeúntes amén de adquirir sus víveres; compraban la mascada de tabaco o chimó; mientras que otros se echaban sus traguitos de bebidas preparadas a base de aguardiente (Poncigués, Guásimo, etc.); asimismo se enteraban de las noticias (el acontecer político, social y cultural)  extranjeras, nacionales y locales. Es que esos modestos negocios estaban imbuidos de ese calor pueblerino, donde campeaban la ñapa, el fiao (que el pulpero anotaba en viejos y destartalados libretones), el refrán, la conseja, el chisme (¿Supiste que Fulanita, la hija de Don Zutano  metió la pata?) y el chiste mordaz. Hoy esos negocios ya no existen; apenas se observan en viejas, olvidadas y desteñidas viñetas.  Ahora existen las grandes cadenas de supermercados, regentadas por asiáticos; individuos que ni siquiera dan consejos, ni chistes, ni conocen la ñapa y mucho menos entregan  vuelto, a cambio te lanzan de mala gana unos caramelos baratos o unas limitas para uñas, que parecen simples chamizitas.  "


CITAS AL PIE DE PÁGINA:

(1)   Laprea Sifontes, Pedro     El Llanero,  Nro. 209,  Pág. 6  
(2)   Ob. Cit.       Pág. 6.
(3)    CASTILLO, Franco El último violín  págs. 117-118
(4)    DECANIO, Edgard  Repuntes II. El San Fernando de ayer. Pág. 196
(5)    OVIEDO MONTOYA, Ramón      Sabaneando mis recuerdos Págs. 82-83 

FUENTES:
Bibliográficas:

ARANA PÁEZ, Hugo R.                     Borraduras de ciudad. Aportes históricos sobre San 
                                                          Fernando de Apure.                                  
                                             
CASTILLO, Franco                             El último violín  págs. 287
DECANIO, Edgar                               Repuntes II. El San Fernando de ayer  Recopilaciones    
Fundación histórico cultura Dr. Ítalo Decanio D´Amico,

OVIEDO MONTOYA, Ramón             Sabaneando mis recuerdos. Game vial CA, Valencia.
                                                           
Hemerográficas:
LAPREA SIFONTES, Pedro               El Llanero,  Nro. 209,  Pág. 6.
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