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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

8 de abril de 2012

Apure: Tierra de Matas y Animas; MATA DEL AHORCADO

Se trata de otro de los interesantes trabajos que nos ha enviado el profesor Hugo Arana P. , denominado APURE TIERRA DE MATAS Y ANIMAS, donde en el enfoque peculiar del profesor, nos pasea por las "matas" nombradas en importantes libros sobre el llano y por las Animas mas conocidas en el Apure, las cuales cuentan con mucha devoción del viajero y  de lo ciudadanos del estado.
Presentaremos este trabajo en varias entradas, pues vale la pena que  el lector interesado pueda leerlo en su totalidad:

"Las sabanas apureñas se hallan pobladas de exuberantes Matas, como La Mata del Ahorcado, La Mata de La Miel y La Mata del Ánima Sola (entre otras), las cuales cobijaron a aborígenes, conquistadores, soldados de la gesta emancipadora, esclavos escapados de las haciendas, montoneras, bandoleros, ganado realengo o cimarrones (ganado enmatado o arrochelado), leyendas (Juan Parao y Quitapesares); asimismo han acogido a viajeros perdidos o moribundos que han quedado enterrados en esos predios, constituyéndose en Ánimas milagrosas (Ánimas benditas). En ese sentido tenemos en Apure: El Ánima de Ajirelito, El Ánima de Samán llorón y El Ánima de Mata e’ Silva. En todos esos santuarios algunos viajeros se detienen a orar, a dejar sus donaciones y a pedirle les concedan un milagro; mientras que otros, se paran a robarles las ofrendas, como lo hizo el zamarro Pajarote en la novela Doña Bárbara.

¿Qué es una Mata?
En los desiertos de Asia y de África se llama Oasis a un sitio más o menos extenso, poblado de árboles, donde el sediento apaga la sed y bajo cuya sombra se protege del ardiente sol. En las sabanas de Apure, estos grupos de árboles se conocen con el nombre indígena Mata, que significa, campo sembrado, roza o labranza. De aquí, el nombre dado a los lugares de las sabanas poblados de frondosos árboles; así tenemos matas histórica como: Mata de la Miel (Apure), Mata del Rincón de los Toros (Guárico) y La Mata Carmelera (Cojedes), entre otras; las cuales fueron célebres en la Independencia y en las guerras civiles de finales del siglo XIX.
Las Matas, dan cobijo al viajero, por cuanto, representan un agradable microclima en medio de la soleada sabana. Incluso, aquellas donde el agua se ha agotado, sirven como paraje de descanso, donde los viajeros plácidamente se resguardan del sol y de la lluvia. Encuéntrase también en las sabanas apureñas, otro tipo de Mata, que son lugares, más o menos reducidos, poblados de una sola especie de palmera: el moriche. De aquí, su nombre morichal, que equivale a sitio de moriches, donde siempre existe agua. Por cierto que en estos morichales, el agua constituye especie de estanques ocultos; que se denominan Tembledares. Posiblemente la voz tremedal (atolladero en Apure) se deriva de ese vocablo. Los tremedales suelen ser fatales incluso para el viajero avezado (Baquiano), quien conocedor del peligro que representan, trata de vadearlos con sumo cuidado. No así el desprevenido viandante, como ocurrió a las tropas de Pablo Morillo en la fracasada Campaña de Apure.

 La Mata del Ahorcado

Ancestralmente, algunos hateros en Apure se han tomado la justicia por su mano. En ese sentido, las inhumanas matanzas de aborígenes en estas tierras, han representado una estrategia orientada a controlar, por una parte, a los abigeos de oficio y por la otra, a arrinconar y ahuyentar de sus propiedades a los primitivos habitantes que aún pueblan este territorio. Probablemente Gallegos, escucharía de su informante, Antonio José Torrealba, allá en la costa del Arauca en una Semana Santa del año 1927, alguna referencia a esas acciones punitivas emprendida por los hateros contra los legítimos propietarios de estas tierras. Seguramente esos relatos los tomaría el maestro para ilustrar, El Capítulo VI de su novela Cantaclaro, nombrado El Corrido del Ahorcado, romance que cantaba Quitapesares en cada parrando donde debía carearse con otro payador. Florentino cantaba y contaba que era a un indio a quien El Diablo del Cunaviche (el doctor Juan Crisóstomo Payara), propietario de Hato Viejo Payareño, ahorcó de las ramas de un ceibo, a la luz de los luceros y a orillas del estero por robarle un mamantón de su hierro. Pero el autor de este homicidio, contradice lo divulgado por el cantor. Ante las inexactitudes del romance, Gallegos, para aclarar la cuestión, presenta la versión de cada uno de los personajes involucrados (tres espectros o tres leyendas del llano apureño): El Testigo, Juan Parao (El del caballo jerrao con el casquillo al revés); Quitapesares, el encargado de divulgar este drama y a El Diablo del Cunaviche (autor material de la tragedia). En este asunto, cada uno expone su versión.
Comienza el maestro por narrar el recorrido de Florentino en compañía de Payara en predios de Hato Viejo Payareño, quien lo conducía a La Mata del Ahorcado. Pero dejemos que sea el maestro, quien en boca de sus personajes aclare la cuestión. 

“En silencio recorrieron buen trecho, y ya al aproximarse a un grupo de árboles, aislados en medio de la sabana, salió Payara de su mutismo con esta pregunta, recuperando su aplomo:
-¿Sabe como se denomina esa mata, Florentino?
-¿Cómo quiere que lo sepa si es la primera vez que ando por estas malditas tierras?
Y Payara, sin la más leve alteración:
-Pues ha sido usted quien le ha puesto nombre, aunque de modo indirecto. Mata del ahorcado la designan a espaldas mías, por supuesto desde que llegó por aquí cierto corrido o romance de ese título compuesto por usted.
-¿Qué se propondrá ese hombre? -se preguntó Florentino- Vamos a salir de dudas, porque con este blanco lo mejor es saber de una vez a qué atenerse.
Y a Payara, con una calma solapada de resoluciones temerarias:
-¿Ese corrido a que usted se refiere será uno que empieza así?

Iban los dos caminando
por la orilla del estero,
llevaba el indio la soga
el blanco el mal pensamiento.
el blanco, que bien sabía
que el indio no era cuatrero,
sino que el hambre le dijo:
anda y robate el becerro.
iban los dos caminando
 a la luz de los luceros.


-Ese justamente- repuso Payara con impenetrable naturalidad- .Ganas tenía de oírselo al propio autor -¿De veras? – replicó este socarronamente- . Pues así sigue, ya que es su gusto:


Llegaron hasta una mata
de un nombre que no recuerdo,
llegaron y se pararon
junto a la pata de un ceibo.
y el blanco le dijo al indio:
arrodíllate, cuatrero.
ya vas a ver lo que cuesta
un mamantón de mi hierro.
llegaron y se pararon
bajo la copa de un ceibo.
hizo una pausa y luego:


-Esa es la segunda estancia. ¿Le sigue gustando, doctor?


-Me agrada oírselo porque usted lo recita bien.
-Con sus favores. Y escuche cómo sigue, porque Florentino cuando empieza llega hasta el rabo.
Encomiéndate a la Virgen
échate la soga al cuello,
pues solo te queda vida
pa rezar un padrenuestro.
así y que le dijo el blanco,
y el indio así con empeño:
que yo no robando maute,
que yo perdón te pidiendo.
y esto lo estaban hablando
 a la luz de los luceros.


En esto entraban ya en la mata. El rostro de Payara tenía una expresión nueva y tremenda. Florentino concluyó:
-Y escuche como termina el romance, como usted lo mienta:
Desde aquel día la mata
del nombre que no recuerdo,
la mientan la del ahorcado,
por el ladrón de un becerro
que aquella noche colgaron
de los copitos de un ceibo,
según lo pone el pasaje:
a la luz de los luceros.
iban los dos caminando…
Señores, no cuenten esto.


-Pues lo han contado y a mis oídos ha llegado –dijo Payara-. Pero nunca había logrado oírlo completo, por razones que huelga explicar y puesto que ha tenido la amabilidad de recitármelo, voy a retribuírsela mostrándole el árbol del cual fue colgado el infame que hoy le da nombre a este paraje. No de un ceibo, como usted pretende, sino de este paraguatán. Vea el cabo de soga que señala el sitio exacto de la horca. Fue aquí donde Juan Crisóstomo Payara se hizo justicia.
-Y antes de que Florentino pudiera salir del asombro que tal impavidez le causara:
-En otras y fundamentales inexactitudes incurre su romance, sin contar las deformaciones poéticas, tales como la orilla del estero y la luz de los luceros. Fue a pleno día y no por causa de un becerro. Hace poco le he dicho que mi hacienda no vaga por tierras que no me pertenecen y ya ha debido observar que mi finca está cerrada y por sus justos limites, con una advertencia escrita en cada puerta de que se prohíbe terminantemente el paso a quienes no sean empleados del hato o vengan a tratar negocios con su dueño.
Ya se exaltaba, pero recobrándose concluyó:
-Pero me estoy extendiendo en consideraciones que sobrepasan mis propósitos del momento. Solo quería que el autor de ese romance se cerciorara de que no fue de las ramas de un ceibo, sino de un paraguatán, donde Juan Crisóstomo Payara, haciéndose justicia por sí mismo, colgó a quien sobradamente merecía muerte infame. Ahora que sabe cuán plagado de inexactitudes está su famoso romance, usted verá si vale la pena modificar los versos respectivos”
El personaje Juan Parao, le informa a Quitapesares, que el doctor Payara, no ahorcó a un indio, sino a Carlitos Jaramillo, propietario de un hato colindante de Hato Viejo, nombrado Hato El Amparo, quien durante muchos años se metía a cachilapear toros en la propiedad de Payara. En estas explicaciones el viejo bandolero se explaya en detalles.
… “Llegué como llegan las cosas cuando Dios las dispone; a la hora y punto: No a las fundaciones de El Amparo, porque sin darme cuenta hice el rodeo de siempre, sino a la mata que ya usté conoce. Llegué en el preciso momento en que el doctor Payara, a caballo y arriando por delante a Carlitos Jaramillo en el suyo, atado codo con codo, llegaba a la pata del paraguatán.
-¿Eso qué es, doctor Payara? – le pregunté-
-Un escarmiento que voy a hacer con este ladrón cobarde -me contestó, al tiempo que se inclinaba sobre la bestia a desamárrale la soga de los tientos.
Carlitos Jaramillo estaba más jipato que lo que hubiera querío sé pa presumió de mantuano. Pero en vez de pedirme auxilio dijo, como si entoavía juera su espaldero:
-Juan Parao. Cumple tu deber. Acuérdate lo que prometiste a mi padre.
-Y yo le respondí, preguntándole: ¿Cómo te acordaste tú de la promesa que le hiciste de protegerme cuando lo hubiera menester?
Y el doctor Payara -me acuerdo como si lo estuviera viendo y oyendo:
-Cobarde ladrón y traidor. Bien merece la horca. Y dicho esto ya con la soga de Jaramillo en la diestra, lanzó por encima de una de las ramas del paraguatán, pasó el cabo por el lazo, la trozó, le hizo otro lazo corredizo en la punta y se lo echó al pescuezo de Carlitos, ya mas muerto que vivo, todo esto en presencia mía, pero como si nadie lo estuviera viendo. Mirándolo hacer, yo pensé que todo aquello, no era sino una comedia pa´ arrancarle a Don Carlitos, que tal vez se había metido en lo suyo a cachilapear, la promesa de respetarle su propiedad, como ya lo había hecho conmigo, aprovechando la punta de viento y me dije. -¡Ah doctorcito y lo que inventa pa igualase!
-Luego, lo que usté ha puesto en su corrío, lo de:
Encomiéndate a los santos
que sólo te queda vida
pa rezar un padrenuestro…

-Yo reyendome por dentro, porque bien se merecía don Carlitos siquiera un buen susto como el que estaba pasando. Pero cuando más seguro estaba de que aquello iba de embuste, embuste: ¡Juap! Un chaparrazo del doctor Payara al caballo de Carlitos, la bestia que arranca y… ¡Mire, catire!... ya usté lo dice en sus versos:
Señores, no cuenten esto.
Yo me quede pasmao, y  la verdad sea dicha, más que por lo que había sucedido en la punta de la soga, por lo que estaba mirando sobre el caballo del doctor Payara. Aquello no era un hombre, Florentino…Yo no sé como explicárselo…Aquello era una cosa muy grande, como de otro mundo, que de pronto se había metió en el cuerpo de un hombre y desde allí me miraba y me decía:
-Sepa usté que Juan Crisóstomo Payara hubiera querido morir sin mancha ni homicidio.
-Jueron sus palabras, ni una más ni una menos, y en habiéndolas dicho, me dio la espalda, camino de Hato Viejo…Hace una pausa y luego:
-Y yo me juí detrás de él, como si me arrastrara”…
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