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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

21 de febrero de 2012

Espectros Apureños: El Lanzador

Este es otro de los cuentos presentes en el libro Espectros, del Profesor Hugo Arana Páez:

"Algunos sanfernandinos referían que cuando algún trasnochador pasaba a medianoche por el viejo cementerio situado en la Chimborazo, oían fuertes pisadas sobre los techos de las viejas casonas. Cuando el sorprendido peatón volteaba, veía sobre el tajado a un ser enorme, vestido con una raída capa roja. De inmediato saltaba a la calle para lanzarle botellas de vidrio. En la carrera el aterrorizado infeliz observaba que el aparato no poseía rostro y que una vez que dejaba de lanzarles los envases, comenzaba a escalar las altas paredes como si fuera una enorme araña; del susto pegaban veloz carrera hasta su vivienda. 

Se dice que era tanto el terror que este personaje producía a los madrugadores, que en una ocasión unos muchachos que habían salido del Club de Telecomunicaciones que funcionaba en la Casa Foatera, allá en la calle Negro Primero; cuando venían pasando por la calle Páez, para llegar a la Chimborazo, donde se halla la puerta principal del viejo cementerio; inesperadamente del techo de la antigua casona que se hallaba en esa esquina, cayó un enorme, feo y estrafalario ser, vestido con una raída capa roja. Inmediatamente estando en la calle comenzó a lanzarles una lluvia de botellas que estrepitosamente se estrellaban en el piso, otras rozaban la cabeza de los muchachos; ante el ruido de tanta botella rota y ante la inesperada agresión, los jóvenes emprendieron veloz carrera hasta la casa de uno de ellos, donde todos temblando de pavor, durmieron en la misma habitación y en la misma cama. Al día siguiente los mozos fueron al lugar y pudieron constatar que en el piso no había ni un pedacito de vidrio. Más nunca volvieron a pasar a medianoche por la Chimborazo.

Contaban viejos apureños que ese espanto y que era el alma en pena de un pitcher que fue enterrado en ese cementerio. Ese deportista jugaba béisbol en el desaparecido Stadium de la Jobalito, allá en el cruce de las calles Independencia con Municipal. El caso es que este personaje cuando perdía un juego, era abucheado por los jóvenes estudiantes del Lazo Martí y él se ponía muy furioso, a tal grado, que un sábado perdió un juego muy importante frente a un equipo de Calabozo y los muchachos como era costumbre lo pitaron hasta el cansancio. El enfurecido jugador en respuesta al escarnio de los espectadores, lanzó el guante contra el suelo en una actitud poco deportiva. Allí fue cuando el público se enardeció mucho más y el furioso hombre se fue poniendo rojo, rojo y más rojo hasta que empezó a vomitar sangre. De inmediato algunos médicos que presenciaban el evento, acudieron a auxiliarlo y uno de ellos y que alcanzó a escuchar que el hombre en sus estertores de muerte y que balbuceaba:

-¡No importa! Lo que me hicieron hoy lo van a pagar mas tarde, porque desde el más allá vendré a lanzar y no serán precisamente pelotas Wilson. Entonces comprenderán que clase de pitcher fui.
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