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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

14 de febrero de 2010

El paludismo en Venezuela

Cuenta el abuelo que entre los años 30 y 40, la epidemia del paludismo azotó a Venezuela. En los campos tuvo un efecto devastador, las familias desaparecían por completo, uno a uno, los hijos, padres, abuelos, tios… Los ranchos se quedaban solos, abandonados, a merced de la maleza que terminaba por cubrirlos.

No había médicos en las zonas mas rurales, el único tratamiento efectivo era La Quinina, que el Ministerio de Salud enviaba a los pueblos. Sin embargo el campesino del monte no tenía fácil acceso a la misma.

Los campesinos, especialmente las madres, cruzaban pasos de rio y caminaban largas distancias para llegar al pueblo más cercano y conseguir una o dos pastillas o papeletas de quinina. Luego regresaban al rancho, con la papeleta bajo la lengua para que no se les mojara en el rio y así medio mantener a sus enfermos.

Algunos casos se volvían crónicos, otros degeneraban en la mortal Hematuria, y la muerte siempre cobraba sus victimas.

Cuando venía el acceso palúdico, se calentaban en el fogón piedras que posteriormente se envolvían en trapos y se colocaban en los pies del enfermo para ayudar a que sudara la fiebre. El enfermo sabía y sentía cuando le iba a venir el acceso, porque era periódico: cada 24,48 0 72 horas, tiempo que coincide con la reproduccion del plasmodium malarium, causante de la terrible enfermedad.

Al principio el enfermo buscaba el sol o el abrigo para soportar el frio atroz con que empezaba el acceso y después la fiebre altísima inmisericorde.

Todo el proceso podía durar dos o tres horas y una vez pasada la crisis, el cuerpo quedaba muy débil y destruido, sin embargo, el hombre acostumbrado a sufrirlo, se recuperaba un poco y volvía a la faena.

Fue en 1943, con la invención del DDT, Arnoldo Gabaldón realizó la primera jornada de fumigación y empezó a controlarse la epidemia. En Morón existe una estatua que representa a un mosquito gigante, alusiva a éste importante avance en materia de salud.
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